miércoles, 25 de agosto de 2010

Polvo en el viento...

La pieza universal de mi rompecabezas está en tu caminar, es la cadencia de tus pasos la insurrección de los sentidos y vida nueva al pisar. Las huellas del camino maduraron contigo y eres tú la luz que mantiene la tierra bajo mis pies, descalzos sobre el asfalto caminaremos mejor pues seguirá caliente si nos quemamos juntos. Por la noche recorreremos desnudos las calles y únicamente los gatos podrán ver nuestra piel, saltando sobre los charcos seremos efervescencia y lentamente se irán deshaciendo los cuerpos; no habrá cicatrices, seremos polvo infinito en el viento.

lunes, 23 de agosto de 2010

Mi galleta perfecta...

Como una niña de cinco años que no conoce el auto-control, así le encantaba mordisquear las galletas de chocolate mientras preparábamos los exámenes de ciencias; a quién le importaba el número atómico del oxígeno cuando podríamos haber estado consumiéndolo en otro lugar mejor.
Con delicados bocados desmenuzaba el dulce que sostenía entre tus yemas -para así evitar que cayeran migas- y masticaba lentamente dejando que su aromático sabor se impregnara en el paladar, jugaba con la lengua a moverlo de lado a lado para que finalmente acabara hundiendo en el fondo de su garganta la porción inicial. Tan sutiles eran sus movimientos que a veces perdía la cuenta de las que podría haber comido.
Apenas podía centrar la mirada en los libros, mi sueño de ser ingeniero se frustraba ante la liturgia de sus labios pero nunca me quejaba; disfrutaba tanto viéndola comer que daba por bien empleado el tiempo perdido. La mejor parte llegaba cuando por descuido se manchaba de chocolate alguno de sus dedos; muchas veces soñé ser quién se llevara a la boca aquellos restos de pecado pero siempre guardaba ese momento para si misma y es algo de lo que arrepiento.
Un día me sorprendió mirándola -tampoco tuvo que hacer mucho esfuerzo-, tal vez pensó que tenía hambre porque me ofreció una de sus galletas. Me quedé observándola, callado mientras ella entreabría sus ojos y sonreía, sosteniendo parte de su merienda en una mano. A continuación recuerdo que noté un temblor en los pantalones y rápidamente busqué la puerta del baño.

Confesiones cíclicas...


Me gustó verte y no por saber el significado de tu nombre sino por la suma de sus letras que coinciden con mi número de la suerte, que es múltiplo de tres las canciones que traigo entre mis labios, por escribir en mis espacios helados que manchan tu sonrisa en verano y pinta rubio el trigo verde; te escondes, los lazos del vestido enganchados en sus espigas al viento los atrapo, con mis manos los anudo a tu cintura y más abajo amapolas, rojas las ventanas de tu casa dónde trepo cuando voy a verte y no por saber el significado de tu nombre...

Voz en off...

Me quedaré quieto, con la esperanza de que el tiempo se quede a mi lado... parado, para olvidar lo que está saliendo de tu boca, para evitar volver a recordar las palabras que estás diciendo. Ruidos de coches en la calle, el teléfono que suena; tú sigues hablando y no te puedo comprender, yo no te quiero entender. Tal vez necesites subtítulos para convencerme, como en esa película francesa que me obligaste a ver y que al terminar nos encontró llorando... todo es tan extraño que sigo escuchando las voces de la gente en el semáforo. Todavía sigues ahí, reprochando al aire en aspavientos, demostrando que tu teatro sigue abierto y te quedan más funciones que cobrar, y me las harás pagar. Ahora no necesito tus tormentos, déjalos para mañana; hoy estoy demasiado cansado para hablar.

sábado, 21 de agosto de 2010

Jazmínes para mi amor...


Mi esposa siempre que podía utilizaba flores de jazmín cuando se bañaba, y estaba en lo cierto, su aroma infusionado en el agua dotaba a su piel de una fragancia dulce y especiada, a veces sabía a fruta y licor; enloquecía nada más probarla. Admiraba la forma en que me amaba, la sutileza con la que me envolvía en ese torbellino primaveral que era su cuerpo, la delicadeza con la que me devoraba el alma; comía de mi carne y bebía de mi sangre a su antojo, como si nada. Me hacía sentir fuerte, único, pleno... pero tuve que matarla.
Así que un día armado de valentía y guiado por un acto egoísta la estrangulé mientras se bañaba -en el mismo sitio dónde comenzaba su ritual- apretando su cuello contra el fondo de la bañera hasta que su cuerpo dejó de pelear quedando finalmente quieta y callada, sin vida. La enterré en el jardín trasero de nuestra casa junto con lo que más quería, justo debajo del arbusto de jazmín que un día, tiempo atrás, plantamos.
Obviamente en verano me acuerdo mucho de ella, sobre todo cuando del arbusto brotan las flores blancas que todo lo cubren y el aire impregnan... y sí, lo confieso: los baños son mejores y más placenteros si en el agua ahogo unas cuantas flores de esas.

martes, 17 de agosto de 2010

Photofinish...


Te cepillabas el pelo con esmero a pesar que siempre te dije que una melena tan corta no necesita de tantos cuidados. Aún así te gustaba clavar tus ojos negros en el espejo y susurrar una de tus canciones inventadas mientras ordenabas poco a poco tus cabellos castaños. “Hoy no encuentro inspiración” me decías mientras acometías tu ceremonia, “no me gusta no tener buenas ideas” continuabas diciendo y te colocabas una pequeña flor tras la oreja. Odiaba cuando encendías uno de tus cigarrillos y lo dejabas consumirse en el cenicero; mi cara me delataba y tú sonreías viendo mi reflejo murmurando entre dientes. “Si continúas perdiendo el tiempo así, no llegarás a nada. Seguro que acabarás componiendo una de las canciones más feas del mundo y nadie querrá verte”. Tras mis palabras te desvaneciste como el humo de uno tus cigarrillos; rápida y sin dejar rastro. Me dejaste solo en la habitación, desnudo entre las sábanas y con tu imagen en papel fotográfico colgada del marco del espejo.

lunes, 9 de agosto de 2010

Pastel, cava y rock'n roll...

Anoche viajamos por una carretera larga y oscura, era de noche en plena naturaleza. Conducíamos con el miedo de que en cualquier momento apareciera la afamada “niña de la curva” o cualquiera de sus gemelas pero no fue el caso. Todavía seguía con el susto en el cuerpo cuando llegamos a nuestro destino, un parador en mitad de la nada donde una banda de cuatro versionaban clásicos del rock'n roll. Fue ahí cuando realmente palidecí de miedo; los asistentes comían pastel de cumpleaños y bebían cava mientras el desaliñado cantante entonaba “Sweet child of mine” de Guns'n Roses... ¿dónde quedaron las viejas costumbres?. Menos mal que yo ya venía borracho de cerveza.

Metamorfosis...


Depilación con laser y cera, manicura y pedicura cada dos por tres, estética dental; el corrector me está matando y baños con aceites aromáticos para eliminar este olor a perro callejero. Odio el mal aliento que me provoca la dieta macrobiótica y anhelo las noches de juerga animal con los colegas. Pero sé que tanto esfuerzo valdrá la pena; nadie dijo que ser un hombre-lobo metrosexual fuera sencillo.

jueves, 5 de agosto de 2010

Entre flores...

Le encantaba caminar entre las flores, decía que era el momento que más disfrutaba cada día; a cada casa de su pueblo, flores adornando sus puertas. Sus ojos sonreían cuando contemplaba ese irisado escaparate que al alba despertaba... era feliz y se dejaba llevar por ese aroma tan vital. Sentía como si pudiera soñar, dejarse a la imaginación y creer que volvía a ser la niña que una vez corrió por extensas praderas verdes salpicadas de rojo amapola. Tanto navegaba en sus recuerdos que olvidaba cuando acababa el día y al caer la noche le asustaba revivir que tan frías resultaban las madrugadas, sobre todo la última vivida. Aún así era consciente que la mañana siguiente se iniciaría en el punto de partida, que las flores volverían a pintar su pueblo, que respirar ya no dolería y que más allá de las puertas grises del cementerio, su vida sería entre colores.

Texto resubido

miércoles, 4 de agosto de 2010

Fugaz...

Pude saborear por última vez la dulzura de su desnudez casi albina mientras se vestía frente al espejo; el breve momento en que sus braguitas regresaban al lugar inicial detonó un final que ya moría desde antes de empezar. Atado a su espalda mojada, mis ojos quisieron guardar el reflejo de nuestros cuerpos antes de la inevitable despedida; ella me dejaba. Mientras sus manos cerraban hebillas y sus pies calzaban tacones, rememorar los minutos previos era la única propina que me llevaba de ese diablo de mujer.
Sabía que tras su partida el eco resonante de la puerta sería la única compañía que me quedaría y tendría que seguir fingiendo hasta el amanecer, hora fatídica en el que el sol purificaría mis pecados y me haría olvidar.
Sólo quedaban escasos fragmentos de tiempo que se iban desvaneciendo a medida que retocaba el carmín de sus labios y ordenaba hábilmente sus cabellos negros. Frente a mí, su cara esbozó una sonrisa complaciente y su mano resbaló más allá de mi ombligo, justo en el centro de mi sexo que ya la anhelaba. Ardí en deseos y quise pensar que no cruzaría el umbral de muerte y soledad que había en el exterior de aquella habitación anónima de hotel pero su ojos experimentados delataron la vulnerabilidad de su naturaleza. Pagué la deuda y ya nada más me quedaba por hacer; la felicidad fingida se desvaneció en el humo de cigarrillo que Pauline fumaba, una chica francesa, joven, elegante, discreta... una acompañante de lujo, un amor de papel.

Texto resubido

martes, 3 de agosto de 2010

Primavera....

Su pelo adornado con flores blancas, pequeñas, el sol atravesando el cristal de la ventana y con sus infantiles manos escribe al aire versos en silencio y los cuelga en sus pestañas rosas.
Ve a lo lejos unas hojas secas del jardín de enfrente flotando en el viento, dando volteretas, riendo; sus ojos comienzan a sudar y ya no queda pastel de cumpleaños.
La luz sonroja sus mejillas, secuestra recuerdos en sus puños y murmura una canción de cuna que le cantaba su tata Marcela: “El sueño cerraba mis ojos. Me despedí de la ventana y me quedé pronto dormida contando estrellas de lana...”
Pero las niñas siguen inertes, se han cansado de jugar; ahora están tumbadas sobre la hierba, lloran al cielo y esperan las nubes negras de algodón. Tintinean sus dientes, ya no recuerda el sabor de los caramelos de naranja, no recuerda el olor del café por la mañana... sonríe y ensortija sus cabellos entre los dedos.
El sol se ha descolgado y aunque las nubes todavía no llegan, la lluvia comienza a caer. La cara contra el vidrio y el frío enrojece su cara, escucha una voz susurrando: “ya vienen”. La ventana se abre, estira los brazos y comienza a desenredar estrellas; hay que dejar espacio para las nubes que llegan. Quedan suspendidas en el aire flores blancas, pequeñas.

Texto resubido