miércoles, 4 de agosto de 2010

Fugaz...

Pude saborear por última vez la dulzura de su desnudez casi albina mientras se vestía frente al espejo; el breve momento en que sus braguitas regresaban al lugar inicial detonó un final que ya moría desde antes de empezar. Atado a su espalda mojada, mis ojos quisieron guardar el reflejo de nuestros cuerpos antes de la inevitable despedida; ella me dejaba. Mientras sus manos cerraban hebillas y sus pies calzaban tacones, rememorar los minutos previos era la única propina que me llevaba de ese diablo de mujer.
Sabía que tras su partida el eco resonante de la puerta sería la única compañía que me quedaría y tendría que seguir fingiendo hasta el amanecer, hora fatídica en el que el sol purificaría mis pecados y me haría olvidar.
Sólo quedaban escasos fragmentos de tiempo que se iban desvaneciendo a medida que retocaba el carmín de sus labios y ordenaba hábilmente sus cabellos negros. Frente a mí, su cara esbozó una sonrisa complaciente y su mano resbaló más allá de mi ombligo, justo en el centro de mi sexo que ya la anhelaba. Ardí en deseos y quise pensar que no cruzaría el umbral de muerte y soledad que había en el exterior de aquella habitación anónima de hotel pero su ojos experimentados delataron la vulnerabilidad de su naturaleza. Pagué la deuda y ya nada más me quedaba por hacer; la felicidad fingida se desvaneció en el humo de cigarrillo que Pauline fumaba, una chica francesa, joven, elegante, discreta... una acompañante de lujo, un amor de papel.

Texto resubido

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