martes, 10 de abril de 2012

Puesta en escena...


Atraparte contra la pared, agarrar tus muslos y entrelazarlos en mis caderas, arrancarte la camisa y que los botones se pierdan para descubrir tus pechos; moldearlos entre mis labios, dibujarlos con saliva. Que tu sudor se confunda con el mío y tu aliento sincronice mis jadeos mientras me agarras del pelo para obligarme a mirarte a los ojos, que me beses porque nuestro alrededor se ha quedado suspendido en silencio y tengas miedo de...

miércoles, 4 de abril de 2012

Promesa...

Volverán a explotar los colores a tu alrededor cuando decidas quitar el cerrojo de tu puerta. Mientras tanto, regálame un adelanto de la primavera que me espera.

viernes, 23 de marzo de 2012

Tiempo de helados...


Casi puedo oler el tiempo de los helados. Todavía lo recuerdo cuando apenas abandonábamos la niñez; tú en tu ventana y yo en la mía, esperando la señal para encontrarnos al pie de tu escalera y dibujar las nubes con el índice al aire, tumbados sobre la hierba fresca y mirarnos en silencio por miedo a decir lo que la edad no nos permitía contar... El aroma a vainilla en la comisura de tus labios -tu sabor favorito, ¿lo recuerdas?- y acabar con el pelo y la ropa manchados, girar una y otra vez muy rápido hasta caer mareados, cerrar los ojos y buscarnos el uno al otro sin levantarnos; siempre ganabas tú, siempre me dejaba vencer.

martes, 20 de marzo de 2012

Closer...

Tan cerca estaba que podía columpiarme en sus pestañas. Tan cerca estaba que su respiración chocaba contra mi cara. Tan cerca estaba que mastiqué cada palabra suya. Tan cerca estaba que noté correr la sangre en sus labios. Tan cerca estaba... que guardé silencio por su indiferencia.

martes, 6 de marzo de 2012

Flaco...


Siempre me dices lo mismo y al final acabamos igual. Mientras te lo piensas, deja que vaya quitándote la ropa; la mía se quedó en la puerta cuando llegué.

miércoles, 29 de febrero de 2012

La tristeza...


La tristeza hoy me viste con su piel, como a todos, como a los tuyos. Porque no hay peor traje que el que aprieta el pecho y te asfixia hasta que te hace llorar, el que reviste los bolsillos con agujas que se clavan en tus manos que duelen, el que abre tus costuras y te hace sangrar hasta que te duermes sobre tu propia pena. Y no sanan.
La tristeza corta mi alma pequeña, la estira hasta rasgar y la vuelve a coser con pespuntes afilados, pequeños, negros, lentos... Se abotona en el centro del estómago y te lo anuda hasta la boca; no quiere salir, no te deja hablar.
La tristeza sólo sabe susurrar que nunca debiste irte. Nunca.




Siempre en mi recuerdo. Siempre en mi corazón.

D.E.P.


viernes, 24 de febrero de 2012

Incité al miedo...


Era tarde. Su propio mecanismo me haría llegar por mucho que mirara hacia atrás, sabía lo que me esperaba al llegar al final. De nada servía que cerrara fuerte los ojos y apretara las manos, no podría evitarlo; el miedo se compra muy barato. Comencé a caer.
El aire golpeaba mi cara con violencia, las entrañas se retorcían y amontonaban contra el pecho y el corazón latiendo más y más como hacía tiempo no lo hacía. Grité y esperé que todo acabara. Y cuando todo parecía perdido, un susurro en mi oído: “todo ha terminado, respira”. Juro que jamás volveré a desafiar a la montaña rusa...

jueves, 23 de febrero de 2012

El escuchante...


Mi vecina es muy ruidosa cuando practica sexo -mucho-, es uno de los inconvenientes de tener mi dormitorio pegado al suyo; tan delgada es la capa de cemento y ladrillo que nos separa que entrada la madrugada a veces creo escuchar el latido de su corazón mientras duerme. Anoche fue Álvaro. Hace tres noches Jaime. La semana pasada un tal Andrés. ¿Cómo es capaz de hacerlo teniendo que levantarse a las siete y diez? Tengo que hablar con ella lo antes posible; esta situación no puede seguir así. Mientras me decido, trataré de averiguar como deshacerme del azúcar que todavía me queda...

martes, 21 de febrero de 2012

Luces rojas...


Terminamos y te observé en silencio. Uno, dos... dos segundos. Nuestros brazos y piernas comenzaron a desenredarse de ti y de mí, de mí y de la cama. No hubo tiempo para estremecerse, no diste tiempo para hablar; apenas pude encender un último cigarrillo. “Amor, ha sido genial”. Amor al fin y al cabo.

martes, 14 de febrero de 2012

San Valentín y tres cuartos...

Odio cuando me lees la mente y me obligas a decir “te quiero”. Más odio cuando no lo haces y me dejas en silencio... dos veces.

lunes, 13 de febrero de 2012

Whitney...

¿Qué hay después de un "te amaré por siempre"?

miércoles, 8 de febrero de 2012

Simétricos...


Fue en el mismo instante en que te encontraste frente al espejo. Inquieta no pudiste terminar de pintarte los labios; había tanto de mí que te resultaba ridículo.

martes, 7 de febrero de 2012

Explosiva...


Te acurrucas en el sofá y te envuelven entre mantas. Allí, en aquel recodo, lloras las ausencias hasta que te cubres la cabeza y te sumerges en tu espacio. Caliente y protegida encuentras alivio, te permites no pensar en nada; nadie te encuentra, nada te hiere, nadie te lastima, nada de nada. Pero el rincón comienza a encogerse, el calor te asfixia y no puedes respirar; tienes que salir. Te revuelves sobre ti misma, tiras las mantas al otro lado y te incorporas sobre el suelo; sigue frío. Mientras tanto, el hombre invisible que ocupa el resto del sofá se sumerge en tu espacio, caliente y protegido...

Maravillas...

Nunca tanta belleza se posó sobre su piel y sólo acababa de llegar.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Sin escape...

Ama hasta odiar y así tendrás una excusa para seguir queriéndome.

Mínimo...


Lo supo desde el mismo momento de su nacimiento, tanta rareza no podía ser de este planeta. Y es que pisar las líneas entre las baldosas de un mundo tan caótico, le hacía sentir único.

Talión...


Se desplomó sobre sus sueños y no tardó en comprender su nueva condición; una vez destruido su corazón, podría convertirse en la heroína que siempre quiso ser.

domingo, 19 de junio de 2011

La mujer bala...

Un pestañeo. Eso es lo que tardó en cruzar su figura ante mis ojos, aunque para entonces, su disparo mortífero ya había atravesado mi pecho dejando incluso cicatrices en el corazón. Porque difícilmente a la mujer bala la eliges tú; es ella la que te escoge a ti.

martes, 26 de abril de 2011

Medidas desesperadas...

Me sedujo desde el primer momento en que lo vi, tanto, que no tardé ni diez minutos en invitarlo a mi casa. No hubo tiempo para remordimientos, tan sólo me dejé llevar y el resto apenas lo recuerdo. Le dejé entrar en mí, que me poseyera, que me hiciera sentir lo que hace años nadie había conseguido. Y así lo hizo; por primera vez en mucho tiempo redescubrí lo que era tener un orgasmo. Pero el ruido de la puerta de entrada me hizo volver a la realidad y era mi esposo el que regresaba del trabajo más temprano de lo habitual. Hecha un manojo de nervios tuve que evitar que la situación me traicionara, algo debía hacer y lo más rápido posible. Por suerte mi marido era bastante escrupuloso y jamás se le ocurriría mirar debajo de mi ropa interior, justo en el segundo cajón de mi mesita de noche.

viernes, 22 de abril de 2011

Aunque sólo sea unos segundos...

Fuera de mi oscuridad las gotas de lluvia golpean las ventanas, hacen tanto ruido que apenas consigo escuchar mi respiración, mis pensamientos, mis latidos; nunca imaginé que hubiera algo en el mundo que pudiera hacerme olvidar(te)

miércoles, 30 de marzo de 2011

Aires arrabaleros...

La música está por dar comienzo y un leve suspiro se deja oír en el lugar, que casi en su totalidad, está cubierta de oscuridad y sólo se deja ver un pequeño foco que los resguarda. Ataviados con prendas escogidas para la ocasión, comienzan el rítmico ritual que abrazados los desplazará mágicamente a otro mundo. Ella, engalanada con negro vestido atado al cuello se coge fuertemente a la espalda del caballero. Él, con camisa blanca y pantalón negro, agarra con suavidad la cintura de aquella que se deja envolver.

Sólo la última unión de sus manos hará que el preámbulo del baile de paso al grueso de la cita: tango. Con suavidad pero seguro, él recoge la mano de su compañera como el que resguarda una rosa evitando que sus delicados pétalos se desprendan.

Suenan las primeras notas de la canción que hace que sus cuerpos -en perfecta sincronización- bailen en armonía los pasos a realizar. En sus caras se delatan las expresiones y sentimientos que la música les hace sentir, mezcla de sensualidad y tristeza que deja entrever un estado permanente de deseo que, quizá, haga de ellos los reyes de la noche. Cada movimiento de sus cuerpos acompaña la cadencia del tango y sólo ellos son testigos de la breve historia de amor con final escrito.

Unidos interpretan cada pasaje de la música conduciéndolos a estados de extrema tristeza, alegría... sensualidad. Porque la sensualidad que desprenden constata un deseo muto presente en cada instante. Manos que acarician y que hieren a la vez, piernas entrelazadas que terminan en soledad, miradas que podrían incendiar mares y océanos. Cada momento del baile es una mueca en sus vidas que por siempre recordarán, momentos en los que sólo llevados por una melodía de arrabal, disfrutaron del amor.

La música comienza sus últimos compases, señal que este corto idilio llega a su fin. Aterrados ante la idea de separarse por siempre, aferran sus cuerpos dando a entender el amor que se confiesan. De nada les sirve escuchar el cuerpo del otro, de nada sirve dibujar el amor a través de sus pasos; en sus caras el dolor es inminente y en sus manos el testimonio de su amor dan paso al final de encuentro. La melodía se acaba y el fino encanto que les unía se comienza a romper. Solamente tres minutos han bastado para que dos cuerpos quedara vacíos en medio de la nada alejándose silenciosamente. La luz se apaga, el tango muere.

martes, 15 de marzo de 2011

Crepúsculo...

No habían pasado ni cinco minutos desde que nos conocimos y pude notar un velo cristalino en su mirada, cómo brillaba su piel, cómo sus mejillas se sonrojaban y unos labios encendidos en sangre enmarcaban su sonrisa. El corazón palpitaba incesante, fuerte, dejando que su pecho se resintiera por la falta de oxígeno y de su garganta -desde lo más profundo- un leve jadeo parecía nacer. Me acerqué lenta y sigilosamente hasta que mi boca tropezó con su cuello, tomé aliento, conté hasta tres... “Tranquila, todavía no te he quitado los pantalones”.

viernes, 18 de febrero de 2011

Éxtasis...

La tuve en la mirada toda la noche intentando no perder ninguno de sus movimientos. Cada pestañeo, cada suspiro, cada palabra que escapaba de su boca era contada y recapitulada en mi mente hasta el punto de pensar que la cabeza explotaría en pedazos. Era como saber estar bebiendo veneno y no querer parar a pesar de sus efectos. Sólo el hecho de mirarla era un nuevo trago del combinado que en mis manos llevaba a pesar de que el hielo se había deshecho hacía rato.

Quizá suponía algo inalcanzable para mí, un hermoso diamante perfectamente pulido capaz de albergar una increíble belleza. Pensar que alguien tan bello podría en un descuido cruzar su mirada con la mía era una osadía que hasta mi propia mente rechazaba. Contentarme con el deleite de su presencia era lo único que podía hacer a pesar del acelerado pulso que en mi pecho se dejaba notar.

Suavemente cogió su copa -la sostuvo con solo tres dedos- y con delicado gesto dejó que el frío cristal acariciara sus perfectos labios. El líquido se derramaba lentamente hacia su boca entreabierta evitando en cualquier momento que una sola gota furtiva escapara de tan deseado destino... y la mente se me nubló. Aún así pude ser capaz de imaginar como sería estar en cada milímetro de su boca convertido en ese afortunado licor. Estar dentro de ella supondría ser una marejada de alcohol helado chocando contra cada elemento de su cálida boca, recorriendo su lengua haciéndola experimentar nuevos sabores, ocupar cada espacio vacío y, finalmente, caer en armoniosa cascada a través de su garganta; sería como un dulce quemazón ardiendo dentro de su cuerpo y estremeciendo cada vello suyo.

Fue divertido pensar que por un segundo podría haber sido capaz de hacerle experimentar sensaciones que tan solo sentiría estando dentro de su cuerpo. Supuso mi victoria esa noche, el triunfo de alguien que nunca  ha ganado nada. Al menos tenía la certeza que ningún otro podría ser capaz de eso.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Bajo el paraguas...


Y gotas resbalaban por mi cara perdiéndose por el cuello de mi camisa...

Aquel día amaneció lloviendo, todo era gris, triste, nada hacía prever que el cielo fuera a mejorar -por mucho que yo quisiera-. A pesar de la lluvia, tenía pensado salir a la calle y así lo hice; un brazo colgué mi paraguas y en el otro, prendida la mujer que tanto amaba

Bajo el paraguas todo parecía distinto. Mientras la gente corría intentando buscar refugio donde guarecerse de la lluvia, yo miraba a mi lado y no podía evitar sentirme reconfortado al saber que estábamos ahí, el uno con el otro. Nada parecía importarnos; eramos los dos, apartados del mundo, en nuestro propio rincón.

Todo transcurría a la perfección, tal y como imaginaba que tendría que ser ese momento... menos por la pelota que tropezó con mis pies. No dudé de agacharme y recoger aquel esférico y al ir alzando mi vista, un pequeño niño me dijo muy amablemente: "Señor, ¿me devuelve la pelota?". Yo le miré con gesto amable y le devolví la pelota; me resultaba gracioso la rapidez con la que se alejaba el muchacho, aunque lo más curioso era que a pesar de la lluvia todavía le quedaban ganas de jugar. “Algún día nuestros hijos serán los que corran detrás de una pelota”, comenté mientras me giraba buscando el gesto de su cara pero no la hallé; ella no estaba.

Perplejo traté de buscar la solución más lógica ante su ausencia. Miré a ambos lados de la calle para tratar de localizarla pero ni rastro de ella. Avancé unos pasos para ver si por un casual había entrado en algún comercio, si hablaba con alguien… pero eso tampoco daba resultado. Empezaba a perder la calma y las opciones se me acababan. Pensé que podría tratarse de una broma pero rápidamente descarté esa idea, ella no es así.

No podía quitarme de la cabeza la idea de saber que no estaba, que no la tenía a mi lado. Por inercia, comencé a correr calle abajo sin reparar en que mi paraguas saldría despedido por los aires aterrizando en mitad del asfalto; no tenía tiempo de parar a recogerlo. Corrí a un ritmo incesante durante metros, como llevado por los demonios “¿dónde estás?”, gritaba desconsolado. La gente se detenía cuando pasaba por su lado, sus miradas atónitas desprendían temor, miedo -que por otro lado resultaba comprensible- y sus instintos les hacía contraer sus manos y brazos contra el pecho, sus manos desnudas... vacías... estaba lloviendo... ¿dónde estaban sus paraguas?.

No encontraba explicación alguna. En un instante olvidé lo que estaba haciendo y me detuve. ¿Por qué aquellas personas no llevaban paraguas?. La gente no suele salir de casa sin paraguas porque la lluvia los mojaría pero todo estaba seco, ¿dónde estaba la lluvia?. Hacía un momento que estaba lloviendo, no era posible que todo estuviera seco. Volví sobre mis pasos para tratar de recuperar mi paraguas, ¿qué ocurría?. Todo parecía ser fruto de una broma pesada, nada tenía sentido alguno. Hacía unos minutos que llovía, yo iba con mi amada bajo el paraguas... un paraguas que ya no estaba.

Busqué torpemente el teléfono móvil que llevaba en el bolsillo de mi chaqueta -tenía que llamar a la policía, los bomberos, a alguien-, pero... ¿por qué no estaba mojada?. Recordaba haber corrido bajo la lluvia, sí, corría buscándola a ella. Notaba como las gotas resbalaban por mi cara perdiéndose por el cuello de mi camisa, gotas de lluvia que sabían a sal… no era la lluvia la que me calaba sino mis propias lágrimas, el llanto desconsolado que me provocaba su pérdida.

Y noté como mi alma se resquebrajaba. En mi mente los recuerdos comenzaron a llegar, a ordenarse como si de una película se tratara y me hicieron comprender que nunca hubo lluvia, que nunca hubo paseo porque ella nunca estuvo allí. Llevaba tanto tiempo llorando su ausencia que acabé por olvidar que debía dejarla ir; resultaba más sencillo imaginar que seguía acompañándome bajo el paraguas.

lunes, 22 de noviembre de 2010

El baile de la victoria...

Ésta noche luces esplendida, después de la última vez pensé que nunca volvería a verte. Y quién diría que hoy te presentas ante mí más bella que nunca. No tienes motivos reales para estar aquí pero aún así has decidido venir, tal vez porque te sientes incompleta sin mí. No digas que estoy loco y que pienso demasiadas tonterías; puede que sea así pero hoy quiero permitirme esa elección.

Te mueves en torno a mí con el descaro en los ojos, ¿acaso intentas seducirme o simplemente me estas retando?. Juegas conmigo, lo sabes y te gusta. Tienes la necesidad de controlar la situación, saberte poderosa. Y aunque no lo dices, sé perfectamente que lo estas pensando; me gusta esa cara que pones entre lo incrédula y lo impasible. 

Vestida para la ocasión, me dejas entrever tus encantos. Los guardas celosamente y siempre excusando que alguien como tú no has sido creada para mis manos... me cuentas que algún día  -uno no muy lejano-encontraré aquello que tanto anhelo. Seguramente no crees tus propias palabras y lo que dices son pretextos que tu misma has creado; quizá seas tú la que no quiere ceder. Ahora miras hacia otro lado. 

Coges una silla y te sientas frente a mí. Aparentemente te muestras distante, calculadora, fría... pero a mí no me engañas con esa imagen tan dura. Soy consciente que no soy yo quién deba alcanzar tu corazón pero sí quién alguna vez tuvo la oportunidad de rozarlo, aquel que por un instante te hizo sentir un efímero y cálido latido; no te rías, sabes perfectamente de lo que hablo.

Te levantas lentamente con una sonrisa en los labios y murmullas que nada de lo que diga te importa lo más mínimo -sigues mintiendo- pero ya hemos jugado demasiado, has venido a buscar algo ,y como ya sabes, no se decir que no. Espera un minuto que me prepare, tú mientras tanto puedes seguir maquillando el corazón con excusas de esas que nunca te faltan. Ahora sí, estoy listo; cuando quieras.

¡Ah! una cosa... la música comenzó a sonar hace rato; si sólo viniste a bailar, has perdido demasiado tiempo.

lunes, 15 de noviembre de 2010

No es más que un trámite administrativo...


Tan sólo te pido un último favor y tras esto podrás seguir disimulando, échame de tu vida porque yo no puedo hacerlo tan temprano. Con los ojos pegados y apenas con algo de luz del día, busco el espacio en blanco dónde firmar mi despedida; señala dónde está el final de mi contrato... si todavía te quedan ganas. He guardado lágrimas y recuerdos en cajas, así no podré molestarte, para dejar hueco a la desidia que has instalado dónde antes solíamos olvidarnos. No hace falta que me indiques dónde está la salida -y no era parte mi trabajo-, yo mismo la encontré durante el último de los abrazos que sin brazos recibía. Todo se ha quedado tranquilo y sin estado, yo finiquitado y tú todavía sigues pensando en dormir.

viernes, 1 de octubre de 2010

Cero...

Hazme disfrutar con tu silencio; tus palabras sólo saben hacer ruido.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Alas...

No es que desprecie la ventura de tus ojos, es por miedo a quedar colgado en tus pestañas y sentir en su batir de alas como la envoltura del viento me aleja; no quiero desaparecer de aquí por soñar despierto tu mirada... prefiero ser un transeúnte en tus líneas negras y recorrer su distancia al alba entre sábanas, seducir la huella de tu silueta marcada con mis dedos, improvisar trenzas con humo que enturbien su magia que me lleva... y ni siquiera puedo mirarte sin atar uno de mis suspiros a la cola de tu parpadeo -destello en verde, miel y adverso- que se te escapa sin querer y no puedo atraparlo entre mis manos; vuelas hacia las nubes y no llego... mariposa en revoloteo.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Secreto...

- Quiero besarte.
- Me gustaría que lo hicieras.
- Pero no sé si debo hacerlo, ¿qué pensaría tu novia si nos pillara?
- Seguramente se disgustaría... pero descuida, llegará tarde; se fue de compras con tu mujer.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Polvo en el viento...

La pieza universal de mi rompecabezas está en tu caminar, es la cadencia de tus pasos la insurrección de los sentidos y vida nueva al pisar. Las huellas del camino maduraron contigo y eres tú la luz que mantiene la tierra bajo mis pies, descalzos sobre el asfalto caminaremos mejor pues seguirá caliente si nos quemamos juntos. Por la noche recorreremos desnudos las calles y únicamente los gatos podrán ver nuestra piel, saltando sobre los charcos seremos efervescencia y lentamente se irán deshaciendo los cuerpos; no habrá cicatrices, seremos polvo infinito en el viento.

lunes, 23 de agosto de 2010

Mi galleta perfecta...

Como una niña de cinco años que no conoce el auto-control, así le encantaba mordisquear las galletas de chocolate mientras preparábamos los exámenes de ciencias; a quién le importaba el número atómico del oxígeno cuando podríamos haber estado consumiéndolo en otro lugar mejor.
Con delicados bocados desmenuzaba el dulce que sostenía entre tus yemas -para así evitar que cayeran migas- y masticaba lentamente dejando que su aromático sabor se impregnara en el paladar, jugaba con la lengua a moverlo de lado a lado para que finalmente acabara hundiendo en el fondo de su garganta la porción inicial. Tan sutiles eran sus movimientos que a veces perdía la cuenta de las que podría haber comido.
Apenas podía centrar la mirada en los libros, mi sueño de ser ingeniero se frustraba ante la liturgia de sus labios pero nunca me quejaba; disfrutaba tanto viéndola comer que daba por bien empleado el tiempo perdido. La mejor parte llegaba cuando por descuido se manchaba de chocolate alguno de sus dedos; muchas veces soñé ser quién se llevara a la boca aquellos restos de pecado pero siempre guardaba ese momento para si misma y es algo de lo que arrepiento.
Un día me sorprendió mirándola -tampoco tuvo que hacer mucho esfuerzo-, tal vez pensó que tenía hambre porque me ofreció una de sus galletas. Me quedé observándola, callado mientras ella entreabría sus ojos y sonreía, sosteniendo parte de su merienda en una mano. A continuación recuerdo que noté un temblor en los pantalones y rápidamente busqué la puerta del baño.

Confesiones cíclicas...


Me gustó verte y no por saber el significado de tu nombre sino por la suma de sus letras que coinciden con mi número de la suerte, que es múltiplo de tres las canciones que traigo entre mis labios, por escribir en mis espacios helados que manchan tu sonrisa en verano y pinta rubio el trigo verde; te escondes, los lazos del vestido enganchados en sus espigas al viento los atrapo, con mis manos los anudo a tu cintura y más abajo amapolas, rojas las ventanas de tu casa dónde trepo cuando voy a verte y no por saber el significado de tu nombre...

Voz en off...

Me quedaré quieto, con la esperanza de que el tiempo se quede a mi lado... parado, para olvidar lo que está saliendo de tu boca, para evitar volver a recordar las palabras que estás diciendo. Ruidos de coches en la calle, el teléfono que suena; tú sigues hablando y no te puedo comprender, yo no te quiero entender. Tal vez necesites subtítulos para convencerme, como en esa película francesa que me obligaste a ver y que al terminar nos encontró llorando... todo es tan extraño que sigo escuchando las voces de la gente en el semáforo. Todavía sigues ahí, reprochando al aire en aspavientos, demostrando que tu teatro sigue abierto y te quedan más funciones que cobrar, y me las harás pagar. Ahora no necesito tus tormentos, déjalos para mañana; hoy estoy demasiado cansado para hablar.

sábado, 21 de agosto de 2010

Jazmínes para mi amor...


Mi esposa siempre que podía utilizaba flores de jazmín cuando se bañaba, y estaba en lo cierto, su aroma infusionado en el agua dotaba a su piel de una fragancia dulce y especiada, a veces sabía a fruta y licor; enloquecía nada más probarla. Admiraba la forma en que me amaba, la sutileza con la que me envolvía en ese torbellino primaveral que era su cuerpo, la delicadeza con la que me devoraba el alma; comía de mi carne y bebía de mi sangre a su antojo, como si nada. Me hacía sentir fuerte, único, pleno... pero tuve que matarla.
Así que un día armado de valentía y guiado por un acto egoísta la estrangulé mientras se bañaba -en el mismo sitio dónde comenzaba su ritual- apretando su cuello contra el fondo de la bañera hasta que su cuerpo dejó de pelear quedando finalmente quieta y callada, sin vida. La enterré en el jardín trasero de nuestra casa junto con lo que más quería, justo debajo del arbusto de jazmín que un día, tiempo atrás, plantamos.
Obviamente en verano me acuerdo mucho de ella, sobre todo cuando del arbusto brotan las flores blancas que todo lo cubren y el aire impregnan... y sí, lo confieso: los baños son mejores y más placenteros si en el agua ahogo unas cuantas flores de esas.

martes, 17 de agosto de 2010

Photofinish...


Te cepillabas el pelo con esmero a pesar que siempre te dije que una melena tan corta no necesita de tantos cuidados. Aún así te gustaba clavar tus ojos negros en el espejo y susurrar una de tus canciones inventadas mientras ordenabas poco a poco tus cabellos castaños. “Hoy no encuentro inspiración” me decías mientras acometías tu ceremonia, “no me gusta no tener buenas ideas” continuabas diciendo y te colocabas una pequeña flor tras la oreja. Odiaba cuando encendías uno de tus cigarrillos y lo dejabas consumirse en el cenicero; mi cara me delataba y tú sonreías viendo mi reflejo murmurando entre dientes. “Si continúas perdiendo el tiempo así, no llegarás a nada. Seguro que acabarás componiendo una de las canciones más feas del mundo y nadie querrá verte”. Tras mis palabras te desvaneciste como el humo de uno tus cigarrillos; rápida y sin dejar rastro. Me dejaste solo en la habitación, desnudo entre las sábanas y con tu imagen en papel fotográfico colgada del marco del espejo.

lunes, 9 de agosto de 2010

Pastel, cava y rock'n roll...

Anoche viajamos por una carretera larga y oscura, era de noche en plena naturaleza. Conducíamos con el miedo de que en cualquier momento apareciera la afamada “niña de la curva” o cualquiera de sus gemelas pero no fue el caso. Todavía seguía con el susto en el cuerpo cuando llegamos a nuestro destino, un parador en mitad de la nada donde una banda de cuatro versionaban clásicos del rock'n roll. Fue ahí cuando realmente palidecí de miedo; los asistentes comían pastel de cumpleaños y bebían cava mientras el desaliñado cantante entonaba “Sweet child of mine” de Guns'n Roses... ¿dónde quedaron las viejas costumbres?. Menos mal que yo ya venía borracho de cerveza.

Metamorfosis...


Depilación con laser y cera, manicura y pedicura cada dos por tres, estética dental; el corrector me está matando y baños con aceites aromáticos para eliminar este olor a perro callejero. Odio el mal aliento que me provoca la dieta macrobiótica y anhelo las noches de juerga animal con los colegas. Pero sé que tanto esfuerzo valdrá la pena; nadie dijo que ser un hombre-lobo metrosexual fuera sencillo.

jueves, 5 de agosto de 2010

Entre flores...

Le encantaba caminar entre las flores, decía que era el momento que más disfrutaba cada día; a cada casa de su pueblo, flores adornando sus puertas. Sus ojos sonreían cuando contemplaba ese irisado escaparate que al alba despertaba... era feliz y se dejaba llevar por ese aroma tan vital. Sentía como si pudiera soñar, dejarse a la imaginación y creer que volvía a ser la niña que una vez corrió por extensas praderas verdes salpicadas de rojo amapola. Tanto navegaba en sus recuerdos que olvidaba cuando acababa el día y al caer la noche le asustaba revivir que tan frías resultaban las madrugadas, sobre todo la última vivida. Aún así era consciente que la mañana siguiente se iniciaría en el punto de partida, que las flores volverían a pintar su pueblo, que respirar ya no dolería y que más allá de las puertas grises del cementerio, su vida sería entre colores.

Texto resubido

miércoles, 4 de agosto de 2010

Fugaz...

Pude saborear por última vez la dulzura de su desnudez casi albina mientras se vestía frente al espejo; el breve momento en que sus braguitas regresaban al lugar inicial detonó un final que ya moría desde antes de empezar. Atado a su espalda mojada, mis ojos quisieron guardar el reflejo de nuestros cuerpos antes de la inevitable despedida; ella me dejaba. Mientras sus manos cerraban hebillas y sus pies calzaban tacones, rememorar los minutos previos era la única propina que me llevaba de ese diablo de mujer.
Sabía que tras su partida el eco resonante de la puerta sería la única compañía que me quedaría y tendría que seguir fingiendo hasta el amanecer, hora fatídica en el que el sol purificaría mis pecados y me haría olvidar.
Sólo quedaban escasos fragmentos de tiempo que se iban desvaneciendo a medida que retocaba el carmín de sus labios y ordenaba hábilmente sus cabellos negros. Frente a mí, su cara esbozó una sonrisa complaciente y su mano resbaló más allá de mi ombligo, justo en el centro de mi sexo que ya la anhelaba. Ardí en deseos y quise pensar que no cruzaría el umbral de muerte y soledad que había en el exterior de aquella habitación anónima de hotel pero su ojos experimentados delataron la vulnerabilidad de su naturaleza. Pagué la deuda y ya nada más me quedaba por hacer; la felicidad fingida se desvaneció en el humo de cigarrillo que Pauline fumaba, una chica francesa, joven, elegante, discreta... una acompañante de lujo, un amor de papel.

Texto resubido

martes, 3 de agosto de 2010

Primavera....

Su pelo adornado con flores blancas, pequeñas, el sol atravesando el cristal de la ventana y con sus infantiles manos escribe al aire versos en silencio y los cuelga en sus pestañas rosas.
Ve a lo lejos unas hojas secas del jardín de enfrente flotando en el viento, dando volteretas, riendo; sus ojos comienzan a sudar y ya no queda pastel de cumpleaños.
La luz sonroja sus mejillas, secuestra recuerdos en sus puños y murmura una canción de cuna que le cantaba su tata Marcela: “El sueño cerraba mis ojos. Me despedí de la ventana y me quedé pronto dormida contando estrellas de lana...”
Pero las niñas siguen inertes, se han cansado de jugar; ahora están tumbadas sobre la hierba, lloran al cielo y esperan las nubes negras de algodón. Tintinean sus dientes, ya no recuerda el sabor de los caramelos de naranja, no recuerda el olor del café por la mañana... sonríe y ensortija sus cabellos entre los dedos.
El sol se ha descolgado y aunque las nubes todavía no llegan, la lluvia comienza a caer. La cara contra el vidrio y el frío enrojece su cara, escucha una voz susurrando: “ya vienen”. La ventana se abre, estira los brazos y comienza a desenredar estrellas; hay que dejar espacio para las nubes que llegan. Quedan suspendidas en el aire flores blancas, pequeñas.

Texto resubido

viernes, 30 de julio de 2010

Bocados de corazón...

Muérdeme hasta que sangre; es la única forma que tienes de sacar lo que llevo dentro.

Involución...

Creo que voy a vender mi inteligencia. Desde que se inventó Google la tengo en desuso.

Utopía...

“¿Qué es eso?” preguntó el ratón sorprendido mientras señalaba la luna llena.

jueves, 29 de julio de 2010

Peter, ¿ya cojeas?

Calculo la edad que tengo contando las arrugas de mi frente, las divido por dos y le sumó el pelo caído. Cierto es que la raíz cuadrada del número que obtengo difiere totalmente del número de gramos de grasa que en los “michelines” guardo, siempre y cuando esa cifra la multiplique por los achaques de espalda que tengo al día y le reste las alegrías que a día de hoy van siendo escasas. Harto de calcular -siempre fui de letras, o eso dicen- saco mi carné de identidad y lo estampó sobre mi cara; “chaval, que cumples treinta años... ¡qué haces que no te emborrachas!”

lunes, 19 de julio de 2010

Cazador cazado...


En tus costuras sigo atrapado, desafías mis instintos y me impides defenderme. Cosida la garganta con hilatura de seda, huelo la sangre y me reduces a fiera salvaje; irrisoria y malvada exhibes lecciones de doma para animales heridos. Sabia en alabanzas estiras el tiempo con los dedos, moldeas las ganas, escoges la fusta maestra y golpeas la carne con fragante deseo. Exceso y voracidad mientras sujetas la rienda entre los dientes -me amansas-, triunfadora contorsionas miradas, soy victima de tu estocada; desbocas el sexo y en mis pantalones todo termina. Sonrisa infantil... me desatas.

lunes, 5 de julio de 2010

Despedida de soltero...

Rayado azul sobre blanco, voy contando tus botones y tú desabrochando. Tercero inferior y tus dedos amenazan con desarmar el cuarto; rompes la cuenta y me atrapas en tu juego perverso. Me falta la respiración - hilo negro sobre blanco-, descubres el trofeo y me sitúas en la casilla de inicio. Lanzo los dados y tropiezan con tus manos que hábilmente transforman el cinco en uno más, avanzo en el tablero y caigo en tus labios traicioneros; mala suerte, quedo preso un turno más. Nada sobre piel y juegas tu mejor carta, un as escondido se deja ver y consigues terminar la manga; has ganado la banca, eres dueña de todo y no me dejas nada. Último turno, todo sobre nada, hago malabares sobre tu cuerpo y enseño mi última baza, me dices sí, quiero; mi jugada queda terminada.

jueves, 1 de julio de 2010

Polos de limón...

Los polos de limón apagan el verano y los cuerpos fríos reposan sobre la hierba, trenzan las miradas entre cabellos alborotados, diluyen caricias mientras la tarde va cayendo. La horizontalidad elegida se va quedando pequeña, buscan formas abstractas para crear abrazos y unas cuantas hojas muertas van destapando huecos de luz naranja. Concluyen los suspiros y se dicen sin hablar, el viento es testigo del hermetismo de sus bocas; sólo quedan restos de jarabe y palos de madera.

jueves, 24 de junio de 2010

San Juan...

“Escribe tu deseo en un papel, quémalo y guarda las cenizas; dicen que así se cumplirá lo que has pedido”. En ese momento anhelé conocer tu nombre real, ChicaLuna27.

sábado, 19 de junio de 2010

Último brindis...

No me mires así, sabes que al final haré lo que me digas.
Todavía no sé qué mágico hechizo utilizas sobre mí.
Y ya que te bebes mi sangre, hazlo en copa de cristal;
ser vampiro no está reñido con la buena educación.

jueves, 17 de junio de 2010

Nubes rosas...

Todavía tienes nubes rosas en los ojos
y continuas danzando en mi azotea.
Varios metros bajo tierra, lejos, y tu
murmullo sigue resquebrajando mi
consciencia. Mutilas con indiferencia
la parte que me falta y transmutas en
gata silenciosa, me arañas la espalda.
Te dibujo con líneas fluorescentes,
es más fácil encontrarte con los ojos
negros deslizando entre sueños; realidad
alternativa, remedio casero para evitar
el dolor verdadero. Música y luces de
colores a tu alrededor, sigo en la sombra,
tú bailando...

martes, 15 de junio de 2010

Delicious...

Pasos: Introduzca la barra de dulce chocolate dentro del hierro caliente... y déjelo fundir a fuego lento, muy lento. Integre muy despacio la crema de leche, la mantequilla y una puntita de chile picante molido. Remueva todo muy bien y con cuidado, en movimientos envolventes y delicados hasta obtener una mezcla completa. Notará que la crema está lista cuando la observe brillante, sedosa y uniforme y su aroma penetre en la nariz provocando un leve cosquilleo. Retire del fuego. Deje templar.
A continuación, introduzca lentamente la yema del dedo pulgar hasta cubrir toda la superficie. Con suavidad, pinte los labios del ser amado con el preparado hasta que estén completamente bañados. Retire el sobrante con la lengua. Ha terminado.

Nota: Si ha seguido al pie de la letra todas las instrucciones, enhorabuena, usted está preparado para recibir los besos más dulces y excitantes que jamás le hayan dado.

Advertencia: Usted es responsable de los efectos secundarios.

Disfrútenlo.

sábado, 12 de junio de 2010

Mal jugar...

Usas las cartas trucadas y se rompe el juego,
lo pienso medio segundo y no vale la pena.
Y deslizas los ojos al aire abanicando en negro,
tus pestañas no muestran tu mirada verdadera;
lloras y siquiera se te corre el rimel.
Sigue fingiendo tus mentiras;
has empleado bien las horas de teatro amateur.
¿Acaso esperas algo más de mí? Llévate la piel
en la maleta, es lo único que me has dejado, amor.
Sigue lanzando los dardos y espera una diana,
tal vez otro ciego te vea mejor.

miércoles, 9 de junio de 2010

Verano...

En el momento en que se quedaron solos, ambos anclaron sus ojos justo en la línea crepuscular que separaba el día de la noche, fascinados por el delicado baile de olas vespertinas que mueren en tierra, a escasos metros de las toallas que los separaba de la húmeda arena. Cómo en un juego de niños, los dos estiraban las miradas por el rabillo del ojo en turnos fugaces sin llegar a sincronizar ninguno de los actos reflejos; la torpeza del primer encuentro resultó la peor batalla de sus quince años.
Verónica entreabrió su boca para dejar paso a un pequeño trozo de sandía que habían preparado -seguramente la madre de alguno de los chicos de la pandilla- para la merienda. El momento fue fulminante para Guille que pudo capturar la instantánea en la retina de sus ojos como si de una cámara fotográfica se tratara. El encuentro de sus labios cuando chocaron con la frescura de la fruta, el tímido rasgar de la carne acuosa entres los dientes, el resbalar del dulce jugo por la comisura empapando algunos centímetros de piel y arena; la comunión perfecta entre lo efímero y lo eterno que se descongeló al primer pestañeo. Verónica torció la mirada hacia Guille -algo le decía que su acción había sido espiada- y con gesto infantil, buscó rápidamente algo con lo que limpiarse la boca.
Guille denotaba un sonrosar en sus mejillas que perfectamente podría acusar por la exposición del sol durante la tarde pero el cristalino de sus ojos lo delataban. Instantáneamente él también despegó la mano buscando aquello que Verónica deseaba, sin querer sus manos terminaron encontrándose entre pequeñas conchas marinas, migas de pan y envoltorios de caramelos. Polos opuesto resultó aquel fugaz contacto pues sus manos se repelieron rápidamente volviendo a su lugar original.
La raya del cielo ahora se escapaba por encima de sus cuerpos ya que cabizbajos y repletos de vergüenza intentaban adivinar las figuras que formaban el mosaico de la toalla, esperando la respuesta del otro que nunca llegaba, mientras escuchaban al resto de los chicos jugando a pelota a sus espaldas... luego sólo el rumor de las olas.
Algo captó la atención de Guille, una voz que lo llamaba. Ángel descaradamente lo reclamaba e invitaba a incorporarse al juego; encontró la excusa perfecta para romper aquel continuo silencio tan desesperadamente delicioso. Guille aceptó el reto y rápidamente dio lugar a incorporarse mientras se quitaba la arena pegada del bañador. Cómo un perrito mojado, sacudió su cuerpo en espasmódicos movimientos cosa que hizo que Verónica soltara una tímida carcajada que Guille recogió en su sonrisa. Volvieron a cruzar miradas, se decían todo, sin palabras. Con gesto amable Guille ofreció su mano y Verónica aceptó sin miramientos; era la señal que ella esperaba. La línea del atardecer casi extinta, el juego de nuevo comenzaba.

viernes, 4 de junio de 2010

Lunático...

El pensamiento lógico me hace creer que si la lluvia cae al suelo y luego vuelve al cielo evaporada, en algún momento del tiempo la Luna bajará del cielo, se acercará a la Tierra y volverá a subir de nuevo. Así que me mantendré expectante cada noche y trataré de ser el primero en robarle un beso antes de morir aplastado.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Radiante...

Aquel antiguo vestido de novia era de ensueño. El corte realzaba en cierta medida su pecho descolgado, tapaba sus rodillas huesudas y su cintura de strass ocultaba la parte más notable de su flácido estómago. Lo que más le gustaba era su tela brillante que contrastaba con el color oscuro de sus ojos tristes y cansados; se sentía más joven y atractiva. Tal vez mañana le quede mejor.

lunes, 24 de mayo de 2010

De viento...


No quiso despedirse de los ojos que durante tanto tiempo había mirado; se cansó de sus caprichos. Cerró la puerta y el silencio es lo único que dejó tras de si. Y aun sabiendo que fue una decisión precipitada, todavía sigue esperando en la cornisa que alguien lo rescate del suicidio.

sábado, 15 de mayo de 2010

La historia más fantástica...

Con la pereza en el cuerpo desperté aquella primavera de martes, dispuesto a la rutina del mundo, sus intenciones y con las ojeras descolgadas todavía en la cara. Uno más a diario en la selva de asfalto, a diferencia que para mí el sueño del día anterior todavía seguía pegado a mis pasos.
Primera parada, intenté comprar café de manos pero tan larga era la espera que mis zapatos, aburridos, salieron huyendo. Una fugacidad carmesí -casi invisible- atravesó el cristal de la puerta tatuándose en mis ojos, la perplejidad se hizo hueco en mis manos y como Superman me disfracé de curioso. La mancha cruzó a la izquierda y el espejismo cobraba vida; a lo lejos un racimo de globos guiados esquivaban los peatones dormidos y bajo ellos, unos zapatos rojos de chica. Aceleré los pasos y las burbujas encarnadas cada vez estaban más cerca, ¿de quién se trataba? Lancé la mirada por encima de las cabezas transeúntes y al capturar un volteo de su cuerpo, su voz infantil se desprendió de entre las ligeras esferas. Luego su flequillo, más abajo sus ojos oscuros y de nuevo percibí travesuras en su sonrisa fabulosa.
Cerca de alcanzarla sonó mi teléfono impaciente en el bolsillo, “ahora mismo no puedo atenderte” y al volver la vista, su imagen se desvaneció entre el tumulto. Quedé plantado en mitad de la calle, me sentía ridículo persiguiendo lo que seguramente fuera producto de la falta de sueño y el cansancio. Regresé a mi camino, al trabajo, y yo también me perdí entre la gente.
Fue una parada obligatoria la que hicimos para el almuerzo, una tertulia de lo más liviana y una compañera de trabajo insistente la que me sugirió un nombre. Google se encargó de hacer el resto. Y tras una breve búsqueda y por sopresa, mis oídos volvieron a sonreir; la voz había vuelto. Esta vez en forma de canción. Ahora sé que no fue un martes cualquiera.

sábado, 27 de marzo de 2010

Viernes noche...


Durante la cena todo resultó como había esperado; una conversación fluida, la comida excelente, un vino sugestivo y una tensión sexual que cortaba hasta el más fino de los cabellos. Miradas sugerentes, movimientos de cabeza insinuantes, juegos de manos y esa sonrisa arrebatadora que tan loca me volvía. Decidimos ir a mi casa porque... para qué explicar algo que estaba deseando que ocurriera desde que lo conocí dos meses atrás. No sé si era culpa de la temperatura estival de aquella noche o es que el alcohol se había mezclado con mis ganas pero a juzgar por la alta temperatura que mi cuerpo desprendía, necesitaba urgentemente algo que calmara aquella quemazón.

Cerré la puerta tras de nosotros y no tuve ocasión de encender las luces del salón; cuando dejé las llaves sobre el mueble de la entrada unos brazos me rodearon por la espalda y aprisionaron mi cuerpo. Tras ese instante, el baile de emociones dio comienzo y el primer paso estaba dado sin apenas haber escuchado el primer acorde.

Mi depredador no tardó en mostrar sus colmillos y cual vampiro salido de una película adolescente, dejó caer su mordisco sobre mi cuello absorbiendo a su paso el calor que emanaba mi piel. Bebió de mí cuerpo y yo sucumbí ante la morbosidad de lo desconocido y el encanto de la oscuridad de mi casa. Esquivamos como pudimos los obstáculos a nuestro paso ya que en ningún momentos nuestros labios quisieron despegarnos; con la torpeza de quién no ve, sólo deseábamos llegar a mi cuarto y entregarnos al sexo. Llegamos con algo de dificultad pero al fin logramos reencontrarnos sobre las sábanas de la cama que no tardaron en quedar embolicadas por los continuos movimientos.

Nos desprendimos de la ropa casi por instinto a pesar que ninguno de los dos aminorábamos el ritmo de lo que estábamos disfrutando; botones que saltaban por encima de nuestras cabezas, pantalones que se bajaban casi por arte de magia y un mosaico rayado de luz -que se colaba a través de la persiana- tatuaba nuestra piel desnuda. Todo ocurría muy deprisa y la excitación iba también en ascenso. El sudor perlado sucumbía a la gravedad y una febril excitación recorría mis músculos quemados por el exceso; nunca un intercambio sexual había resultado tan placentero. Mis pechos se amasaban entre sus manos mientras su sexo penetraba entre mis nalgas que hacía minutos yacían preparadas, me estremecía y los jadeos escapaban de su boca viciando el aire con su aliento caliente. En perfecta unión nos dejamos llevar por el lado salvaje del sexo a pesar de que acusábamos el desgaste y la fatiga. Los instintos más primitivos dominaban nuestras mentes transformando nuestros cuerpos en meros instrumentos de placer. Lo carnal de nuestro sexo se dejaba entrever en nuestras pelvis que retomaban el movimiento a cada pequeño intervalo de tiempo, sus besos consumían mi oxígeno y la asfixia era constante en mi pecho. Sentí morir de placer. A cada cambio una dimensión nueva por explorar; la habitación se nos quedaba pequeña ya que parecía haber sido devastada por una jauría de animales.

Apenas podía decir nada ya que los jadeos eran permanentes y las palabras se petrificaban en la sequedad de mi garganta que sólo podía espirar el poco aire que me quedaba. Aun así, su voz cansada seguía rebotando en mis oídos y eso me sobreexcitaba, elevando así más mis sentidos hasta límites insospechados. Me sentí plena y noté que mi cuerpo estallaría en cualquier momento ante el desbordamiento de sensaciones a las que me estaba exponiendo desde el inicio.

Todo quedó en silencio y algo dentro de mi se resquebrajó. El infierno se había desatado dentro de mi en forma de espiral ascendente que devoró la carne en cuestión de segundos; era un dolor cuanto menos placentero que me obligó a soltar un quejido rotundo y sonoro. Mi cuerpo extasiado convulsionaba y el descontrol al que estaba sometida no parecía tener fin alguno. Unos segundos más tarde sentí su boca próxima a mi cara -mientras seguía experimentando el orgasmo- con su aliento incontrolado rebotando en mis mejillas. Besó mi labios resecos, apartó el cabello pegado de mis ojos, y escuché un susurro en mis oídos... “Beth, cariño. Llegas tarde a clase”. Sólo cinco minutos más.

sábado, 13 de febrero de 2010

La peor maravilla...

Desde su llegada procedente de la vieja Europa, su estancia en el país empeoraba a cada pequeño paso que daba. La última de sus continuas tragedias fue la de ser acusada de vandalismo callejero: alguien dedicó parte de su tiempo a pintar de rojo encarnado el mobiliario urbano que con tanto apego diseñó la regente local.

Durante el juicio, las pruebas expuestas apuntaban hacia su culpabilidad e innegablemente la alejaban cada vez más de la absolución. Su abogado, un señor de pelo cano y que apenas levantaba dos palmos del suelo sólo podía titubear ante la sonrisa felina del único testigo aportado y los argumentos que defendían su inocencia, se diluían en el aire como hojas de té en el agua. Desconsolada, la joven sólo podía llorar mares de agua salada y sentía como su vida se ahogaba en ese océano profundo de lágrimas negras.

Nada pudo hacer. La juez en base a las pruebas aportadas -y sin ningún ápice de corazón-, alzó su brazo al aire y estampó su cetro de mando dictando sentencia de muerte. Pobre niña Alicia; a pesar de jugar todas sus cartas, sería decapitada al llegar el amanecer.

jueves, 26 de noviembre de 2009

En sus zapatos...

María solía jugar con los zapatos de mamá cuando se quedaba sola a cargo de Malena, la abuela materna, que siempre iba a cuidarla cuando mamá tenía que salir. Con tan solo cuatro años María jugaba a ser un mujer adulta que llevaba zapatos “de mayor” -así es como lo solía decir- y pasaba horas inventando historias alrededor de su mesita de té. A mamá no le gustaba que jugara con ellos, al final siempre acababan dónde no debían pero merecía la pena escuchar ese pequeño taconeo que se formaba cuando María hacía uso de ellos. No tenía preferencia por ninguno en especial, todos le gustaban y cada día era una “mujer” diferente; hoy una profesora, ayer una médico, antes de ayer una abogada...
Estaba claro que con sus piernas tan cortitas le era difícil caminar pero siempre encontraba la forma de hacerse a ellos; un día tuvo la brillante idea de envolver unos zapatos de piel marrón a sus pies con cinta adhesiva, lógicamente acabaron bastante dañados. Yo siempre que podía la observaba, analizaba su forma de actuar y me imaginaba como sería cuando sus pies pudieran calzar unos zapatos como los de mamá. A veces pensaba que con el tiempo llegaría a ser una chica presumida, coqueta... que seguramente haría que los chicos se volvieran locos por ella. Apuntaba maneras.
María soñaba continuamente con llevar zapatos de cristal tal y como los llevaba su personaje favorito aunque casi siempre acababa sollozando y diciendo entre lágrimas que si eran tan frágiles seguramente acabaría rompiéndolos -aún recordaba los zapatos de piel marrón y la cinta adhesiva-.
María fue creciendo y a cada año que pasaba, los zapatos de mamá le resultaban más pequeños. Se preguntaba continuamente que si los zapatos iban menguando o si eran sus pies los que se iban haciendo más grandes; siempre lograba sacarme una sonrisa. Por su décimo cumpleaños, María pudo vestir sus primeros zapatos “de mayor” (sus tres centímetros de tacón le parecían enormes). Eran unos zapatos en piel blanca, brillantes y con pequeños cristalitos en colores rosa, violeta y malva; justo los zapatos que una niña de su edad llevaría. María disfrutaba correteando por toda la casa, presumiendo del regalo más maravilloso que le habían hecho nunca y contando a todos los invitados que habían asistido a su fiesta lo mayor e importante que se sentía con ellos. No me equivocaba cuando años atrás pensaba que se convertiría en una niña especial.
Cumplió quince años -ya era toda una mujercita- y decidió que ya era hora de que tuviera unos zapatos tal y como los que mamá gastaba. Sin previo aviso, María escogió uno de los tantos pares que mamá tenía y decidió ponérselos para salir con sus amigas. Sus pies se ajustaban perfectamente al hueco del zapato -tuvo suerte de tener la misma talla- y hechó andar; sus piernas ya no eran aquellas que jugaban a tomar el té y sus pasos no sonaban entrecortados. María andaba sola.
María siguió creciendo. Terminó sus estudios, empezó a trabajar como diseñadora de moda, conoció el amor, vivió su vida... y todo ello siempre en sus zapatos de tacón, que nunca le fallaron y la acompañaban a todas partes. El día de su boda lució los zapatos de novia más bonitos que jamás había visto. Eran de raso blanco, con la punta redondeada y un lacito beige en el empeine. Tal vez no era el diseño más moderno pero para mí resultaban sencillamente exquisitos. Fue la novia más bonita del mundo y su cara así lo mostraba; ella era feliz y yo también.
Mi única pena fue que María tuviera que ensuciarlos cuando quiso ir al cementerio a visitar a la única persona que le faltaba en ese día, aquel al que apenas recordaba y murió en un accidente de moto cuando ella  tenía tan sólo tres años. Ella siempre supo que seguía sus pasos en cada momento de su vida y que siempre veló por ella a pesar de no tenerlo cerca. María detuvo sus zapatos entre lágrimas, se agachó con la dificultad que acarrea llevar un traje de novia y cuidadosamente dejó su ramo sobre mí lápida.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Asfalto mojado...


   Sus ojos pestañearon y a continuación un cielo gris lloraba sobre sus hombros. Como papel mojado su cuerpo iba transformando su solidez; se iba diluyendo en los charcos que a su alrededor se formaban. Como una muñeca rota. El mundo se deshacía en cada suspiro que exhalaba y apenas un pulso débil la conectaba con la vida. Inmóvil sobre su lecho de asfalto contaba los pies de quienes se acercaban hasta su orilla; eran ojos ajenos los que miraron sus pupilas empapadas... una sonrisa tranquilizadora... una punzada en la espalda...luces claras... la oscuridad. Antes de dejarse llevar por el sueño pudo escuchar trompetas celestiales en sus oídos. Tal vez la ambulancia.

martes, 17 de noviembre de 2009

Paso de cebra...

Para Martina la revisión ginecológica de ese día le suponía tener que salir del trabajo una hora antes ya que no pudo posponer la cita hasta la hora que tenía para comer tal y como ella hubiera preferido. Metida en su coche con dirección a la clínica, tuvo suerte de que el tráfico fuera fluido; tal vez así podría tardar menos y quizá restar algunos minutos para tomar un bocado rápido. Un semáforo en ámbar el cual no pudo cruzar le hizo tener que detener su vehículo justo delante de un paso de cebra; no tuvo más remedio que tener que esperar a que cambiara el disco de color. Tuvo tiempo de cambiar la emisora de la radio, retocar su maquillaje en el espejo retrovisor incluso de encenderse un cigarrillo mientras observaba a la gente -anteriormente agolpada en las aceras- cruzar la calle. Su desesperación iba aumentando al ritmo que consumía el tabaco.

Veía gente de todo tipo tales como un repartidor con algo de prisa, un par de señoras con una animada conversación, adolescentes hablando entre risas, una pareja enamorada que disfrutaba dándose besos, un chico escuchando música con su reproductor de mp3... Martina embragó la primera marcha, soltó el pedal del freno y aceleró bruscamente. Como resultado de aquella acción, Martina atropelló a varias personas provocando víctimas con lesiones de todo tipo desde simples conmociones a roturas óseas; por suerte no hubo muertes. Diez minutos después, la policía se personó en el lugar del accidente para tratar de esclarecer las razones de su negligencia. Martina no tuvo intención de darse a la fuga ni hacer ninguna acción evasiva que la librara de su culpa. Esperó a la policía sentada en su vehículo, fumando un cigarrillo,escuchando música y mirando su reloj; llegaba tarde a su cita ginecológica.

Luces de ambulancia, barullo de curiosos que intentaban averiguar que había pasado, Martina esposada entrando en el coche de la policía y un reguero de víctimas que dejaba tras de ella mientras era conducida hasta la comisaría donde le tendrían que tomar declaración.

-Señora Morillo, ¿es usted consciente de la gravedad de sus actos?
-Señor agente... estoy muy arrepentida por todo lo ocurrido. En ningún momento he querido atropellar a esa gente pero... es que tardé en reconocer a mi marido y su secretaria.

jueves, 29 de octubre de 2009

No me olvido...

Tres chasquidos en sus zapatos y de nuevo volvió al mundo de Oz; allí las malvadas brujas no la alcanzarían. Dorothy tardó mucho tiempo en regresar y todo era distinto. Miró a su alrededor y no pudo evitar sonreír. Ahora el camino de baldosas era de un tono azulado, casi violeta, y las margaritas escarchaban un dulce azúcar vainillado.
Escuchó un ronroneo sordo y algo salió de entre los girasoles; la figura felina de Totó buscaba cobijo y de un salto acurrucó su pelaje entre sus brazos. Hasta él había cambiado. Sin duda no era el cuento que ella recordaba ni el final que tenía pensado. Kansas podía esperar.

Aunque el final que propone la tira tampoco está mal.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Teoría práctica...


¿Qué hay que temer en una mujer? 


Su beso... 


(y supe que por siempre me devoraría aquella huella)

martes, 27 de octubre de 2009

Cruzando espejos...

Se le antojó Venus. Decía que algún día llegaría a conquistarla aunque le costara siete vidas y una más, que lo primero que haría sería buscar un contador de estrellas que soñara el difícil camino y lo dibujara en la cara oculta de la luna; sólo estaba a un paso, una vez más. Lástima que los barrotes metálicos de su celda le impidieran desplegar las alas y salir volando.

sábado, 24 de octubre de 2009

Lost in traslation...


Pienso que tal vez su viaje no fue lo que esperaba, su retorno supuso algo más que dejar unas cuántas huellas marcadas en el asfalto. Se debate entre la melancolía, las lagrimas espontaneas que la disfrazan de tontorrona sensiblera, la sensación de pérdida y las horas que tal vez falten para un nuevo reencuentro. No bastan imágenes guardadas en su memoria a las que recurrir cuándo la luz es más tenue y su centelleo le hace recordar de nuevo... su respiración se entrecorta y de nuevo echa en falta algo.
No duda en ladear su cabeza y dejarse llevar por ese espíritu traicionero que la despega del suelo y la traslada volando a lo más alto del corazón, a ese lugar sagrado que descubrió y en el que tanto pudo soñar. En sus retinas, armonía de colores dibujando sus sonidos y en los labios, el amargo sabor de la despedida. Y es que al parecer Cenicienta caminó demasiado; tal vez volvió a perder alguno de sus zapatos.

Entreabierto...

Si doy otra vuelta más de tuerca, el engranaje acabará por saltar en pedazos; este reloj nuca estuvo en la hora correcta, tal vez por eso siempre llego tarde a todas partes. Me molesta su tic-tac en ocasiones -sobre todo cuándo menos lo espero-, aunque lo que peor llevo es cuándo llega a apretar y duele; el mal de aguja minutera, por llamarlo de alguna manera.
Sigue rodando a su antojo, haciendo que la espera sea más larga de lo debida o incluso llegando a engañarme en ocasiones. Debería aprender a no fiarme tanto de él aunque sé que siempre vela por mi puntualidad y sus intenciones no son tan malas -o eso quiero creer yo-. Recuerdo en ocasiones las tardanzas, las prisas, los retrasos... las paradas, esas sí que siempre me han maltrecho. Un reloj parado no sirve para nada si no hay pila que de vida a su motor y haga que sus ruedas giren de nuevo haciendo que su existencia tenga sentido. A veces sólo siento que sigue conmigo simplemente porque sus correas lo mantienen atado a mi, como siempre han hecho.
No espero campanadas resonando en mis oídos continuamente, me conformo con saber que la hora que marca es la correcta siempre y cuándo le aplique el arreglo pertinente; tal vez sea sólo cuestión de girar la rueda las vueltas necesarias para ver todo con claridad. De cualquier modo, el reloj sigue estando en su sitio, andando mal, pero vivo... al menos de momento. ^^

viernes, 23 de octubre de 2009

Ego...


En la lentitud de mis movimientos tal vez se intuyan mis intenciones; es fácil verme venir cuándo tienes tiempo suficiente para mirarme y descubrir la transparencia con la que ando.

Sólo falta esperar cuándo decidiré echar un rato el freno de mano.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Pa'fuera telarañas...

Al mirarme en el espejo sólo veo las ojeras marcadas del pasado, las arrugas de tiempos mejores y el progresivo suicidio de recuerdos que ya nunca volverán; la edad siempre es el desgaste de la memoria. Es una gran putada, lo sé.

miércoles, 7 de octubre de 2009

Bajo las farolas de ciudad esmeralda...


La imagino recorriendo sus calles adoquinadas, evitando tropezar con los bordillos para no clavar sus rodillas en la humedad de sus aceras. Recordé que compró unos zapatos nuevos para la ocasión, resignada a sufrir el calvario de los tacones pero con la firme convicción de hacerlos sonar tras sus pasos. Y eso que nunca le gustó dejar huella por dónde pasaba.
Bajo una noche estrellada y envuelta en capas de algodón, imaginará que las luces iluminan el camino que ha de seguir hasta llegar a la más alta, aquella que sin inclinarse la observa desde el cielo. Mirará hacia arriba con la esperanza de verla sonreír y, así, poder reír también con ella. Los caballeros la saludarán a su paso y las señoritas envidiaran su presencia; hizo bien en elegir aquellos tacones, aunque todavía siguen doliendo.
Imagino que paseará por los campos asfaltados de la ciudad, que por estas fechas, habrán vestido el suelo con el marrón de sus hojas secas. Corre y no se cansa; a cada nuevo giro de cabeza sus ojos tropiezan con la belleza, piedras del pasado que inertes sobreviven al presente. Bajará su mirada, escuchará los sonidos y dejará que sus canciones la envuelvan en ese halo mágico que sólo tiene ese lugar. Mientras tanto sus pies cansados pedirán una tregua, razón de más para que el cielo siga llorando -aunque no siempre-.
Pasa y repasa; quiere recordarlo todo y no olvidar nada. La frescura del gentío cosmopolita impregnará su piel y disfrutará con la sensación de haber vivido su momento. Y por qué no, también podría imaginar que a su regreso sus ojos, tal vez también sus manos, brillen colmados con la luz de un corazón comprometido.

martes, 15 de septiembre de 2009

La lluvia...

Demasiado tiempo esperando; sentada y sola, Manuela enjuagaba sus lágrimas bajo la lluvia otoñal, aquella que habían pronosticado para aquella tarde y que no quiso creer cayera. No llevaba paraguas que la protegiera de la humedad que la envolvía aunque peor era disimular la tristeza que se derramaba por los surcos que la edad habían formado en su anciana piel. Con la juventud perdida, Manuela -con algo de dificultad- sólo podía clavar su mirada en la dispersa lejanía; la lluvia entorpecía sus cansados ojos a pesar del esfuerzo. Miraba y buscaba aquello que tanto esperaba, encontrando sólo un tumulto de gente que corría intentando guarecerse de la lluvia; cualquier cornisa se transformaba en cuestión de segundos en un improvisado refugio. A pesar de la lluvia, Manuela mantenía su posición sobre aquel banco metálico, ajena a la oscuridad de la noche que minutos antes ya había caído sobre su cabeza mojada. En sus ojos el reflejo de las farolas y en su mente el recuerdo de las horas anteriores a su cita, la cual había estado preparando cuidadosamente y con mucho mimo.

Horas antes Manuela se preparó para la cita como si de la primera vez se tratara. Los nervios se arremolinaban en su cuerpo, sensación que hacía años no experimentaba y que la trasladó a su época de juventud. Como una niña con zapatos nuevos, perfumó su cuerpo con la dificultad que sus manos ancianas podían ofrecer; quería ser la perfecta acompañante y no dudó en vestir sus ropajes más exquisitos, todo cuánto fuera necesario para impresionar a su galán.

Apenas podía recordar cuánto tiempo estaba esperando allí sentada; los minutos volaban mientras imaginaba como sería su reencuentro después de décadas de silencio. Imaginaba que la recibiría con una amplia sonrisa llena de nostalgia, que sus manos amplias rodearían su delicada cintura y que con un beso, adornaría sus sonrojadas mejillas. Todo cuánto deseaba se produciría en las siguientes horas, sólo era cuestión permanecer sentada en aquel espacio y esperar su llegada. La tarde comenzaba a caer, trayendo con ella las primeras gotas de lluvia de un otoño que se antojaba húmedo; Manuela recordó las palabras del meteorólogo de las noticias mientras abrochaba los botones superiores de la chaqueta que la cubría. La lluvia se hizo más intensa y las pocas ramas que anteriormente la guarecían de nada servían ahora ante la rudeza del agua. El parque dónde se encontraba hacía minutos que pintaba una desoladora imagen, a juzgar por la cantidad de niños que antes jugaban en él. Aún así y a pesar de la lluvia, Manuela no quería que perder la oportunidad de reencontrar aquel antiguo amor por lo que mantenerse en aquella posición -que no le resultaba cómoda- era lo único que podía hacer.

El agua no daba tregua a la anciana Manuela que estoicamente aguantaba el frío que la noche y la lluvia habían aportado a su ya viejo cuerpo. La luz de la farola que sobre su cabeza permanecía hizo ver su reflejo sobre los charcos que bajo sus arrugados pies se habían formado; tan desolador era su aspecto que se sentía apenada por el gran esfuerzo que había hecho por parecer bonita. La tristeza y la soledad formaron parte de aquella preparada recepción que Manuela había tramado desde hacía mucho tiempo; a pesar de que sus lágrimas se confundían con la lluvia, sus ojos destellaban un brillo único, una luz que sólo desprenden un corazón cuándo está enamorado. Todavía tendría que esperar Manuela mientras, ausente, observaba a los transeúntes recorrer largas distancias a paso acelerado. La lluvia seguía cayendo y cada vez menos gente por la calle. Manuela, se sentía intrigada por la razón que hizo que su enamorado se retrasara; tal era la promesa que le hizo para aquel día que la anciana siempre tuvo presente sus palabras en su cabeza. La noche seguía cerrada y la humedad ya había calado en sus frágiles huesos. Temblorosa y cansada, Manuela luchaba por mantener sus ojos abiertos que sin interrupción todavía seguían clavados en las inundadas y desérticas calles.

Un recuerdo de su niñez atravesó su mente en la fugacidad de un pestañeo. Dos coletas anudadas con grandes lazos de raso blanco, un vestido en color crema y unos zapatos tan relucientes como el mismísimo sol. Con apenas diez años asistió a la boda de un socio de su padre, un señor cuyas manos olían a tabaco de liar y retorcido bigote que causaba más miedo que simpatía en la cara de Manuela que volvió a cerrar los ojos. Regresó a la incomodidad de su banco y la frialdad que antes sentía se tornó en calidez. Observó que había dejado de llover, que las calles lucían secas y sin el más mínimo signo de humedad; todo resplandecía con un fulgor acogedor. Manuela sonrió;ya no tendría que preocuparse por aparentar desaliñada ya que tanto su ropa como su aspecto lucían como cuándo salió de casa.

Aquel mal sueño había acabado, sólo faltaba que el hombre que habría de recogerlas apareciera tal y como ella esperaba. No tardó en comprobar que su más ansiado deseo se convirtió en una realidad cuándo, tras de los árboles del parque, la esbelta silueta de un señor de avanzada edad avanzaba en su dirección. Manuela reconoció a ese hombre como la persona que tanto había estado esperando, no tardó en dibujar en su cara una sonrisa de satisfacción; tantos eran los años que había estado esperando que sentirse feliz era lo único que podía hacer. El caballero llegó hasta su posición mirándola desde la elevada posición que mantenía. Manuela no hizo esperar a aquella sonrisa especial que le estaba dedicando y, con cuidado, se levantó del banco tal y como ella tenía pensado. Manuela susurró avergonzada el nombre de Andrés; éste le respondió recogiendo su cintura entre su brazo y regalandole ese ansiado beso. “Prometí que vendría por ti” y ella asintió con una tímida sonrisa. En sus ojos vidriosos se reflejaban cientos de momentos que jamás pudo ni quiso olvidar y en ninguno de ellos Andrés estaba ausente.

Manuela y Andrés cumplieron su promesa. Ambos asistieron a su cita después de tantos años de ausencia. Manuela por fin podría descansar en paz.

viernes, 24 de julio de 2009

Japi verdei tu yu...


Que me cuentan que Peter Pan cumple años dentro de una semana, bueno como a el le gusta decir, cumple aniversarios. Y dicen que será el décimo primer aniversario de sus dieciocho. Sí, ya no es tan niño como quiere aparentar por mucho que se empeñe en decirlo. Qué el tiempo ya no se para desde que vive en ésta realidad, lejos de Nunca Jamás. Porque felices eran los años en los que como niño ignorante correteaba por las calles, sin esperar nada más de la vida y despreocupándose del futuro.

Que sí, que aún se siente así siempre que tira de sus mejores recuerdos, los cuales recuerda siempre que puede. Peter, amigo mio, que te nos haces mayor a ritmos acelerados y estas viendo la vida pasar como el que espera en la parada del autobús; sentado, mirando al final de la calle por si viene el que esperas. Que no hay nada de malo en seguir esperando pero piensa que tal vez el que esperas pasó hace tiempo, incluso años. Aún así no desesperes, siempre puedes alcanzar tu destino caminando o lo mismo acompañado. De cualquier modo seguro llegarás y alcanzarás lo que siempre has deseado.

Por el momento toca cumplir años... venga, no te hagas el remolón y sopla las velas que todo el mundo te está esperando. Seguro que llegado el día mucha gente se acordará y no será tan malo como siempre dices... mira que te gusta quejarte. Ánimo; aún siendo casi treintañero sigues siendo un “Peter Pan moderno y sin afeitar” tal y como te gusta definirte. Y desprendete de las preocupaciones, sólo sirven para acortarnos más la vida y aquí no hemos venido a desperdiciar el tiempo... ¡Quememos sujetadores en la plaza mayor! Eso sí, lleva cuidado que ya no tienes edad para muchos trotes. Felicidades, amigo Peter.

martes, 30 de junio de 2009

Sabor agridulce...

Era jueves por la noche y Serafín necesitaba tomar algo que le calmara los nervios; es día había sido muy largo en el trabajo y necesitaba ausentarse esa de su rutina habitual. Acostumbrado a ser un pepino responsable en su trabajo, nunca daba margen para su vida llegando a colmar su tiempo libre de más trabajo. Entró en el primer bar que atrajo su atención; un lugar bastante pequeño y apartado, con un letrero iluminado con dos pequeñas bombillas que apenas dejaban leer su nombre; Le Paradis. Era un local intimo, justo lo que necesitaba para desconectar y no ser molestado. Sentó su traje verde en el rincón más alejado que pudo encontrar, llamó al camarero y ordenó una copa de ginebra con hielo, un cóctel sencillo, directo y la llave de su desinterés por la vida -al menos por unas horas-.

Unos acordes de piano dieron comienzo a lo que parecía ser un espectáculo de música jazz; tras el telón, una rosa hizo aparición arrancando lo aplausos de las apenas siete personas que estaban allí. Serafín, sumido en sus pensamientos, fumaba uno de sus cigarrillos mientras con la otra mano recorría el borde de su copa; el humo y su frustración apenas le hicieron percatarse de la presencia de la cantante. La música comenzó a sonar y la voz de la rosa inundó el espacio ahumado del local. Una deliciosa armonía rebotó en la cabeza de Serafín que hizo que levantara su mirada de la mesa para comprobar su procedencia; tan bella era su portadora que un leve brillo en sus ojos apagados destellaron de forma inusual.

Adornada con pétalos rojizos, la rosa cantaba para los allí presentes que parecían estar más concentrados en sus asuntos que en ella; sólo al fondo del local, alguien parecía estar disfrutando de su actuación. Serafín comprobó que Tula, la rosa anunciada en el cartel de esa noche, le miraba; sus ojos volaron directamente por encima de las mesas del local hasta el lugar de Serafín. Tula le dedicó un guiño de ojo, señal de agradecimiento; Serafín, desconociendo que era el único que prestaba atención -la fascinación nubló su visión periférica-, le devolvió una sonrisa.

Durante la actuación, las miradas entre los dos parecían ser caminos de ida y vuelta, lineas invisibles que portaban mensajes silenciosos de complicidad. Tras la actuación no hubo más aplauso en el local que la cara complaciente de Serafín. Tula bajó del escenario decidida a conocer a su verde y anónimo seguidor. Su corazón de clorofila parecía querer salir de su pecho mientras admiraba como las líneas de su esbelto tallo se acercaban más y más. Se sentó a su lado y no dijo nada, sólo envolvió la copa entre sus hojas y dio un sorbo pequeño. Algunas gotas de licor se derramaron por la comisura de sus labios; Serafín agradeció la torpeza, un tanto infantil, de Tula. Inmediatamente Serafín no tuvo más reacción que recoger aquellas gotas con la yema de su dedo pulgar; las pupilas dilatadas y el tiempo se detuvo en el momento que sus pieles entraron en contacto. Ella agachó la mirada.

Sólo un instante después, Tula se levantó de su silla rozando levemente la piel rugosa de su mano -sus pétalos pintaban un tono carmesí brillante-, abandonó aquel rincón y se dirigió al escenario para continuar con su show. Serafín observó como se alejaba de él pero no hizo intención de alcanzarla; de fondo, una voz susurrándole al oído, a su alrededor un perfume envolvente y sobre la mesa, una servilleta pequeña que escondía un mensaje escrito: “La próxima, con un poco de tónica... me gusta más”. Serafín sonrió; no sería la última vez que rozaría aquellas suaves espinas.

jueves, 18 de junio de 2009

Sapos y principes azules...


Te despiertas sobresaltada en mitad de la noche; tal vez has tenido un mal sueño y tu cuerpo ha reaccionado así. Sudorosa e intranquila intentas controlar los incesantes hálitos estrellándose en la oscuridad de la habitación. Tranquila, respira... todo ha sido una pesadilla. Aún notas tus manos temblorosas intentando encender la lamparita pero tus dedos están húmedos y el interruptor se escapa entre ellos; desistes, el corazón palpita sin darte tregua.

Pareces más calmada, intentalo de nuevo; una luz chispeante te ciega rápidamente los ojos que se comprimen con violencia llegando incluso a doler. Poco a poco te acostumbras a la claridad que ahora hay; tus ojos se van abriendo tomando una nueva dimensión. Todo parece en su sitio, nada es diferente. Tomas un vaso de agua y das pequeños sorbos para calmar la sequedad de tu boca; vuelve el silencio. Te apartas los cabellos pegados de la cara y hundes tu rostro entre las manos. Se escucha un sollozo, ¿estas llorando?. Todo lo malo ya ha pasado, no tienes por qué preocuparte; todo ha acabado. Cuéntame que ha ocurrido, dime que ha perturbado tu descanso... ahora lo entiendo.

Apagas la luz, colocas tu cuerpo bajo las sábanas y te acurrucas en su espalda. De nuevo en la oscuridad buscas el consuelo en el hombre que duerme a tu lado. Te aferras a él. Una última lágrima desciende por tus mejillas y se pierde por la comisura de tus labios. Ese sabor salado se mezcla con la amargura que en tu alma habita. Te quedas mirando la tenue luz que se cuela a través de la persiana. No concilias el sueño, en tu circunstancia es normal; difícilmente podrías dormir sabiendo que el hombre de tus sueños no es quién tu cuerpo abraza.

lunes, 25 de mayo de 2009

Toujours Paris nous restera...

Voy a desplegar las alas y echarme al viento a esperar que el aire me aleje de aquí. Basta ya de continuar luchando batallas que desde un principio tenía perdidas y que una fe ciega -dulce ilusión- me hizo creer en nada. No quiero seguir atado a estos pensamientos, necesito ese oxígeno que hace tiempo mi cuerpo estaba exigiendo; tanta tristeza me está asfixiando el corazón.
Pongo fin a cientos de hojas escritas quemando uno por uno todos los recuerdos; siquiera habrá cenizas adheridas en mis lagrimas -al menos así lo espero-.
Tiempo al tiempo, aunque me estoy haciendo mayor y los relojes no pararán por mi. Ojalá mañana al despertar, un sueño reparador me haya hecho olvidar y me deje comenzar de nuevo... pero aún es de noche.


Pensar me provoca dolor de cabeza... push off.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Por la tarde...


Ahí esta, como cada tarde. Raro sería el día que no nos viéramos. Por su maletín diría que sale ahora del trabajo, supongo que se habrá entretenido; hice bien en esperar unos minutos más en la tienda. Veinte metros y la tendré frente a mi, sin apenas espacio entre nosotros para que fluya ni mismísimo aire. Me gusta observarla mientras se acerca; su forma de andar marcando el paso sobre esos tacones de vértigo y el juego envolvente de sus caderas moviéndose al compás de sus pies. Es curioso como esa mujer es capaz de hacerme olvidar de los peores problemas.

Cada vez más cerca y la brisa del este tropieza con su silueta. Es divertido ver como su cabello se arremolina intentando ocultar su belleza, el rostro que tan anclado a éste mundo me tiene y el que cada noche veo antes de dormir. Y curiosa la forma en que se retira el pelo de la cara aprovechando la dirección en la que sopla el viento; gira su cuello adelante, atrás, leve y despacio... una ejecución perfecta que da el resultado esperado.

Diez metros y acercándose, ya casi puedo percibir su perfume. Algo llama su atención y se detiene; mejor, así podré disfrutarla un poco más. Saca su teléfono móvil de la cartera y lo descuelga... ¡vaya!, el maletín ha resbalado de sus dedos y se ha caído estrellándose contra el suelo. No sé de que me sorprendo, la seda de sus manos es palpable desde aquí. Quizá debería ir a ayudarla... no creo que haga falta, parece que lo tiene todo controlado. Mm... mal día para escoger una falda tan estrecha. ¿Debería mirar?. Es tan tentador... Fin de la película, nada que un buen juego de piernas y una posición estudiada consiga arreglar.

Rellamada y... retoma su paso. Sonrie, parece que la llamada es de su agrado. Es sin duda lo mejor que hasta el momento he visto. Adornado con unos sensuales labios pintados de un carmín rosáceo es el mejor complemento para una sonrisa arrebatadora, impactante. Podría deshacerme en elogios solo oyendo su risa.

Apenas un par de metros y me mira. La miro. Cuelga el teléfono y me sonríe. ¿Es a mi? Seguramente ocurrirá como en las películas y detrás mio estará quién ella espera. Pero no, tengo la seguridad de que es a mi a quien busca. Se está acercando y pienso algunas palabras que decirle. El corazón palpita más fuerte. Rosas, no; violetas. Perfume de violetas que su piel desprende impactando contra mi cara. Me gusta.

Se ha parado y se inclina hacia mi. ¿Debería esquivarla? ¡Estas loco, es lo que estabas esperando!. ¿Toda la tarde para que ese momento ocurriera y quieres estropearlo?. Un beso, sí. Noto como sus labios se hunden en los míos. La presión es notable, noto como la sangre me hace cosquillas. Me quema, disfruto y quiero congelar el tiempo. Su aliento, se separa, me vuelve a mirar, vuelve a sonreír... - Cariño, perdón por la tardanza. Me entretuve con las chicas-. No importa, estas aquí.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Callando voces...


Si la vida me obliga a despertar, al menos le plantaré cara.

“No es el momento de soñar” (me dice la conciencia), pero me niego a pensar que no hay destino bueno ni esperanza. ¿Por qué debo escuchar las voces que me contradicen? Yo soy dueño de mis actos; a nadie hago responsable. ¿Culpable por sentir, por querer, por amar? No pido nada a nadie. Que me dejen padecer lo que yo mismo he hilvanado.

“¿No ves que estas sufriendo?” (me dice la razón). Sí, lo veo y lo siento. Quizá me esté consumiendo la vida, quizá esté muriendo por nada, quizá no valga la pena, quizá...

“Estas loco” (me dice el sentido común). Loco... Si por querer algo que no es para mi soy un loco, que me aten y me encierren bajo cien llaves; la locura no es locura si no hay un imposible.

“Adelante...” (me dice el corazón). Por fin alguien que me comprende... o quizá no sabe decir que no. "¿Por qué todo está en tu contra?" -me pregunta-. Cosas del destino, ese que siempre anda escondido y nunca da la cara. ¿Cuando firmé yo ésto? Seguro que alguna noche de borrachera. Sólo sé que cualquier sueño prohibido es mejor que una vida hueca.

martes, 28 de abril de 2009

Las siete y veinte

Se despertó sobresaltado con un fuerte dolor que le atravesaba la espalda. Sentado observó que el reloj marcaba las siete y veinte de la mañana; aun no había amaneciendo, tal y como podía ver a través de la ventana que apenas dejaba entrar algo de luz solar. Parecía que el malestar que le había arrancado el sueño remitía poco a poco así que volvió a tumbarse para tratar de recuperar su descanso. Colocó su cuerpo en posición fetal, como siempre hacía, justo en la manera que le permitía verla.


Dormida junto a él estaba la chica que tanto amaba, acurrucada, envuelta entre las sábanas las cuales le permitían adivinar la silueta de su cuerpo. Totalmente quieta, su cara mostraba un rostro sereno -un tanto angelical si cabe-, adornado con media sonrisa a caballo entre lo infantil y lo pícaro; seguramente estaría soñando algo bonito, quizá soñaba con él (o eso quería pensar). Su dedo se desplazó hasta el mechón que caía sobre su cara para retirarlo y colocarlo detrás de su oreja; quería observar la totalidad de su cara antes de que volviera a dormirse. Tal vez ella notó el roce de su piel tocándola pues sus manos se ciñeron a las sábanas y su cabeza se hundió más en la almohada.


Apenas podía mantener los ojos abiertos por el sueño. Seguía observándola, era lo que más le gustaba. Disfrutaba recorriendo cada milímetro de su rostro y memorizando cada lunar con el que tropezaba; sin dudar se sentía un hombre afortunado a pesar de que era un poco terca y en ocasiones testaruda. Aún así, sus múltiples virtudes eclipsaban todo aquello que a él le resultaban graciosas e únicas. Era feliz sabiendo que enamorarse era lo mejor que podía haber hecho en su vida.


La alarma del despertador sonó de manera estridente; eran las siete y veinte, algunos rayos de sol se colaban por la persiana y nada le molestaba más que aquel horrible sonido. Se incorporó medio adormilado y de un manotazo detuvo el incesante ruido del reloj. Se rascó la cabeza, bostezó enérgicamente y miró a su alrededor sin encontrar nada. Volvió la mirada al frente con una extraña sensación. Notaba que le faltaba algo, como si en algún momento de la noche le hubieran arrancado algo del pecho. Nunca se había sentido tan vacío.