miércoles, 30 de marzo de 2011

Aires arrabaleros...

La música está por dar comienzo y un leve suspiro se deja oír en el lugar, que casi en su totalidad, está cubierta de oscuridad y sólo se deja ver un pequeño foco que los resguarda. Ataviados con prendas escogidas para la ocasión, comienzan el rítmico ritual que abrazados los desplazará mágicamente a otro mundo. Ella, engalanada con negro vestido atado al cuello se coge fuertemente a la espalda del caballero. Él, con camisa blanca y pantalón negro, agarra con suavidad la cintura de aquella que se deja envolver.

Sólo la última unión de sus manos hará que el preámbulo del baile de paso al grueso de la cita: tango. Con suavidad pero seguro, él recoge la mano de su compañera como el que resguarda una rosa evitando que sus delicados pétalos se desprendan.

Suenan las primeras notas de la canción que hace que sus cuerpos -en perfecta sincronización- bailen en armonía los pasos a realizar. En sus caras se delatan las expresiones y sentimientos que la música les hace sentir, mezcla de sensualidad y tristeza que deja entrever un estado permanente de deseo que, quizá, haga de ellos los reyes de la noche. Cada movimiento de sus cuerpos acompaña la cadencia del tango y sólo ellos son testigos de la breve historia de amor con final escrito.

Unidos interpretan cada pasaje de la música conduciéndolos a estados de extrema tristeza, alegría... sensualidad. Porque la sensualidad que desprenden constata un deseo muto presente en cada instante. Manos que acarician y que hieren a la vez, piernas entrelazadas que terminan en soledad, miradas que podrían incendiar mares y océanos. Cada momento del baile es una mueca en sus vidas que por siempre recordarán, momentos en los que sólo llevados por una melodía de arrabal, disfrutaron del amor.

La música comienza sus últimos compases, señal que este corto idilio llega a su fin. Aterrados ante la idea de separarse por siempre, aferran sus cuerpos dando a entender el amor que se confiesan. De nada les sirve escuchar el cuerpo del otro, de nada sirve dibujar el amor a través de sus pasos; en sus caras el dolor es inminente y en sus manos el testimonio de su amor dan paso al final de encuentro. La melodía se acaba y el fino encanto que les unía se comienza a romper. Solamente tres minutos han bastado para que dos cuerpos quedara vacíos en medio de la nada alejándose silenciosamente. La luz se apaga, el tango muere.

martes, 15 de marzo de 2011

Crepúsculo...

No habían pasado ni cinco minutos desde que nos conocimos y pude notar un velo cristalino en su mirada, cómo brillaba su piel, cómo sus mejillas se sonrojaban y unos labios encendidos en sangre enmarcaban su sonrisa. El corazón palpitaba incesante, fuerte, dejando que su pecho se resintiera por la falta de oxígeno y de su garganta -desde lo más profundo- un leve jadeo parecía nacer. Me acerqué lenta y sigilosamente hasta que mi boca tropezó con su cuello, tomé aliento, conté hasta tres... “Tranquila, todavía no te he quitado los pantalones”.