martes, 30 de junio de 2009

Sabor agridulce...

Era jueves por la noche y Serafín necesitaba tomar algo que le calmara los nervios; es día había sido muy largo en el trabajo y necesitaba ausentarse esa de su rutina habitual. Acostumbrado a ser un pepino responsable en su trabajo, nunca daba margen para su vida llegando a colmar su tiempo libre de más trabajo. Entró en el primer bar que atrajo su atención; un lugar bastante pequeño y apartado, con un letrero iluminado con dos pequeñas bombillas que apenas dejaban leer su nombre; Le Paradis. Era un local intimo, justo lo que necesitaba para desconectar y no ser molestado. Sentó su traje verde en el rincón más alejado que pudo encontrar, llamó al camarero y ordenó una copa de ginebra con hielo, un cóctel sencillo, directo y la llave de su desinterés por la vida -al menos por unas horas-.

Unos acordes de piano dieron comienzo a lo que parecía ser un espectáculo de música jazz; tras el telón, una rosa hizo aparición arrancando lo aplausos de las apenas siete personas que estaban allí. Serafín, sumido en sus pensamientos, fumaba uno de sus cigarrillos mientras con la otra mano recorría el borde de su copa; el humo y su frustración apenas le hicieron percatarse de la presencia de la cantante. La música comenzó a sonar y la voz de la rosa inundó el espacio ahumado del local. Una deliciosa armonía rebotó en la cabeza de Serafín que hizo que levantara su mirada de la mesa para comprobar su procedencia; tan bella era su portadora que un leve brillo en sus ojos apagados destellaron de forma inusual.

Adornada con pétalos rojizos, la rosa cantaba para los allí presentes que parecían estar más concentrados en sus asuntos que en ella; sólo al fondo del local, alguien parecía estar disfrutando de su actuación. Serafín comprobó que Tula, la rosa anunciada en el cartel de esa noche, le miraba; sus ojos volaron directamente por encima de las mesas del local hasta el lugar de Serafín. Tula le dedicó un guiño de ojo, señal de agradecimiento; Serafín, desconociendo que era el único que prestaba atención -la fascinación nubló su visión periférica-, le devolvió una sonrisa.

Durante la actuación, las miradas entre los dos parecían ser caminos de ida y vuelta, lineas invisibles que portaban mensajes silenciosos de complicidad. Tras la actuación no hubo más aplauso en el local que la cara complaciente de Serafín. Tula bajó del escenario decidida a conocer a su verde y anónimo seguidor. Su corazón de clorofila parecía querer salir de su pecho mientras admiraba como las líneas de su esbelto tallo se acercaban más y más. Se sentó a su lado y no dijo nada, sólo envolvió la copa entre sus hojas y dio un sorbo pequeño. Algunas gotas de licor se derramaron por la comisura de sus labios; Serafín agradeció la torpeza, un tanto infantil, de Tula. Inmediatamente Serafín no tuvo más reacción que recoger aquellas gotas con la yema de su dedo pulgar; las pupilas dilatadas y el tiempo se detuvo en el momento que sus pieles entraron en contacto. Ella agachó la mirada.

Sólo un instante después, Tula se levantó de su silla rozando levemente la piel rugosa de su mano -sus pétalos pintaban un tono carmesí brillante-, abandonó aquel rincón y se dirigió al escenario para continuar con su show. Serafín observó como se alejaba de él pero no hizo intención de alcanzarla; de fondo, una voz susurrándole al oído, a su alrededor un perfume envolvente y sobre la mesa, una servilleta pequeña que escondía un mensaje escrito: “La próxima, con un poco de tónica... me gusta más”. Serafín sonrió; no sería la última vez que rozaría aquellas suaves espinas.

jueves, 18 de junio de 2009

Sapos y principes azules...


Te despiertas sobresaltada en mitad de la noche; tal vez has tenido un mal sueño y tu cuerpo ha reaccionado así. Sudorosa e intranquila intentas controlar los incesantes hálitos estrellándose en la oscuridad de la habitación. Tranquila, respira... todo ha sido una pesadilla. Aún notas tus manos temblorosas intentando encender la lamparita pero tus dedos están húmedos y el interruptor se escapa entre ellos; desistes, el corazón palpita sin darte tregua.

Pareces más calmada, intentalo de nuevo; una luz chispeante te ciega rápidamente los ojos que se comprimen con violencia llegando incluso a doler. Poco a poco te acostumbras a la claridad que ahora hay; tus ojos se van abriendo tomando una nueva dimensión. Todo parece en su sitio, nada es diferente. Tomas un vaso de agua y das pequeños sorbos para calmar la sequedad de tu boca; vuelve el silencio. Te apartas los cabellos pegados de la cara y hundes tu rostro entre las manos. Se escucha un sollozo, ¿estas llorando?. Todo lo malo ya ha pasado, no tienes por qué preocuparte; todo ha acabado. Cuéntame que ha ocurrido, dime que ha perturbado tu descanso... ahora lo entiendo.

Apagas la luz, colocas tu cuerpo bajo las sábanas y te acurrucas en su espalda. De nuevo en la oscuridad buscas el consuelo en el hombre que duerme a tu lado. Te aferras a él. Una última lágrima desciende por tus mejillas y se pierde por la comisura de tus labios. Ese sabor salado se mezcla con la amargura que en tu alma habita. Te quedas mirando la tenue luz que se cuela a través de la persiana. No concilias el sueño, en tu circunstancia es normal; difícilmente podrías dormir sabiendo que el hombre de tus sueños no es quién tu cuerpo abraza.