sábado, 21 de agosto de 2010

Jazmínes para mi amor...


Mi esposa siempre que podía utilizaba flores de jazmín cuando se bañaba, y estaba en lo cierto, su aroma infusionado en el agua dotaba a su piel de una fragancia dulce y especiada, a veces sabía a fruta y licor; enloquecía nada más probarla. Admiraba la forma en que me amaba, la sutileza con la que me envolvía en ese torbellino primaveral que era su cuerpo, la delicadeza con la que me devoraba el alma; comía de mi carne y bebía de mi sangre a su antojo, como si nada. Me hacía sentir fuerte, único, pleno... pero tuve que matarla.
Así que un día armado de valentía y guiado por un acto egoísta la estrangulé mientras se bañaba -en el mismo sitio dónde comenzaba su ritual- apretando su cuello contra el fondo de la bañera hasta que su cuerpo dejó de pelear quedando finalmente quieta y callada, sin vida. La enterré en el jardín trasero de nuestra casa junto con lo que más quería, justo debajo del arbusto de jazmín que un día, tiempo atrás, plantamos.
Obviamente en verano me acuerdo mucho de ella, sobre todo cuando del arbusto brotan las flores blancas que todo lo cubren y el aire impregnan... y sí, lo confieso: los baños son mejores y más placenteros si en el agua ahogo unas cuantas flores de esas.

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