viernes, 24 de febrero de 2012

Incité al miedo...


Era tarde. Su propio mecanismo me haría llegar por mucho que mirara hacia atrás, sabía lo que me esperaba al llegar al final. De nada servía que cerrara fuerte los ojos y apretara las manos, no podría evitarlo; el miedo se compra muy barato. Comencé a caer.
El aire golpeaba mi cara con violencia, las entrañas se retorcían y amontonaban contra el pecho y el corazón latiendo más y más como hacía tiempo no lo hacía. Grité y esperé que todo acabara. Y cuando todo parecía perdido, un susurro en mi oído: “todo ha terminado, respira”. Juro que jamás volveré a desafiar a la montaña rusa...

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