miércoles, 9 de junio de 2010

Verano...

En el momento en que se quedaron solos, ambos anclaron sus ojos justo en la línea crepuscular que separaba el día de la noche, fascinados por el delicado baile de olas vespertinas que mueren en tierra, a escasos metros de las toallas que los separaba de la húmeda arena. Cómo en un juego de niños, los dos estiraban las miradas por el rabillo del ojo en turnos fugaces sin llegar a sincronizar ninguno de los actos reflejos; la torpeza del primer encuentro resultó la peor batalla de sus quince años.
Verónica entreabrió su boca para dejar paso a un pequeño trozo de sandía que habían preparado -seguramente la madre de alguno de los chicos de la pandilla- para la merienda. El momento fue fulminante para Guille que pudo capturar la instantánea en la retina de sus ojos como si de una cámara fotográfica se tratara. El encuentro de sus labios cuando chocaron con la frescura de la fruta, el tímido rasgar de la carne acuosa entres los dientes, el resbalar del dulce jugo por la comisura empapando algunos centímetros de piel y arena; la comunión perfecta entre lo efímero y lo eterno que se descongeló al primer pestañeo. Verónica torció la mirada hacia Guille -algo le decía que su acción había sido espiada- y con gesto infantil, buscó rápidamente algo con lo que limpiarse la boca.
Guille denotaba un sonrosar en sus mejillas que perfectamente podría acusar por la exposición del sol durante la tarde pero el cristalino de sus ojos lo delataban. Instantáneamente él también despegó la mano buscando aquello que Verónica deseaba, sin querer sus manos terminaron encontrándose entre pequeñas conchas marinas, migas de pan y envoltorios de caramelos. Polos opuesto resultó aquel fugaz contacto pues sus manos se repelieron rápidamente volviendo a su lugar original.
La raya del cielo ahora se escapaba por encima de sus cuerpos ya que cabizbajos y repletos de vergüenza intentaban adivinar las figuras que formaban el mosaico de la toalla, esperando la respuesta del otro que nunca llegaba, mientras escuchaban al resto de los chicos jugando a pelota a sus espaldas... luego sólo el rumor de las olas.
Algo captó la atención de Guille, una voz que lo llamaba. Ángel descaradamente lo reclamaba e invitaba a incorporarse al juego; encontró la excusa perfecta para romper aquel continuo silencio tan desesperadamente delicioso. Guille aceptó el reto y rápidamente dio lugar a incorporarse mientras se quitaba la arena pegada del bañador. Cómo un perrito mojado, sacudió su cuerpo en espasmódicos movimientos cosa que hizo que Verónica soltara una tímida carcajada que Guille recogió en su sonrisa. Volvieron a cruzar miradas, se decían todo, sin palabras. Con gesto amable Guille ofreció su mano y Verónica aceptó sin miramientos; era la señal que ella esperaba. La línea del atardecer casi extinta, el juego de nuevo comenzaba.

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