martes, 15 de septiembre de 2009

La lluvia...

Demasiado tiempo esperando; sentada y sola, Manuela enjuagaba sus lágrimas bajo la lluvia otoñal, aquella que habían pronosticado para aquella tarde y que no quiso creer cayera. No llevaba paraguas que la protegiera de la humedad que la envolvía aunque peor era disimular la tristeza que se derramaba por los surcos que la edad habían formado en su anciana piel. Con la juventud perdida, Manuela -con algo de dificultad- sólo podía clavar su mirada en la dispersa lejanía; la lluvia entorpecía sus cansados ojos a pesar del esfuerzo. Miraba y buscaba aquello que tanto esperaba, encontrando sólo un tumulto de gente que corría intentando guarecerse de la lluvia; cualquier cornisa se transformaba en cuestión de segundos en un improvisado refugio. A pesar de la lluvia, Manuela mantenía su posición sobre aquel banco metálico, ajena a la oscuridad de la noche que minutos antes ya había caído sobre su cabeza mojada. En sus ojos el reflejo de las farolas y en su mente el recuerdo de las horas anteriores a su cita, la cual había estado preparando cuidadosamente y con mucho mimo.

Horas antes Manuela se preparó para la cita como si de la primera vez se tratara. Los nervios se arremolinaban en su cuerpo, sensación que hacía años no experimentaba y que la trasladó a su época de juventud. Como una niña con zapatos nuevos, perfumó su cuerpo con la dificultad que sus manos ancianas podían ofrecer; quería ser la perfecta acompañante y no dudó en vestir sus ropajes más exquisitos, todo cuánto fuera necesario para impresionar a su galán.

Apenas podía recordar cuánto tiempo estaba esperando allí sentada; los minutos volaban mientras imaginaba como sería su reencuentro después de décadas de silencio. Imaginaba que la recibiría con una amplia sonrisa llena de nostalgia, que sus manos amplias rodearían su delicada cintura y que con un beso, adornaría sus sonrojadas mejillas. Todo cuánto deseaba se produciría en las siguientes horas, sólo era cuestión permanecer sentada en aquel espacio y esperar su llegada. La tarde comenzaba a caer, trayendo con ella las primeras gotas de lluvia de un otoño que se antojaba húmedo; Manuela recordó las palabras del meteorólogo de las noticias mientras abrochaba los botones superiores de la chaqueta que la cubría. La lluvia se hizo más intensa y las pocas ramas que anteriormente la guarecían de nada servían ahora ante la rudeza del agua. El parque dónde se encontraba hacía minutos que pintaba una desoladora imagen, a juzgar por la cantidad de niños que antes jugaban en él. Aún así y a pesar de la lluvia, Manuela no quería que perder la oportunidad de reencontrar aquel antiguo amor por lo que mantenerse en aquella posición -que no le resultaba cómoda- era lo único que podía hacer.

El agua no daba tregua a la anciana Manuela que estoicamente aguantaba el frío que la noche y la lluvia habían aportado a su ya viejo cuerpo. La luz de la farola que sobre su cabeza permanecía hizo ver su reflejo sobre los charcos que bajo sus arrugados pies se habían formado; tan desolador era su aspecto que se sentía apenada por el gran esfuerzo que había hecho por parecer bonita. La tristeza y la soledad formaron parte de aquella preparada recepción que Manuela había tramado desde hacía mucho tiempo; a pesar de que sus lágrimas se confundían con la lluvia, sus ojos destellaban un brillo único, una luz que sólo desprenden un corazón cuándo está enamorado. Todavía tendría que esperar Manuela mientras, ausente, observaba a los transeúntes recorrer largas distancias a paso acelerado. La lluvia seguía cayendo y cada vez menos gente por la calle. Manuela, se sentía intrigada por la razón que hizo que su enamorado se retrasara; tal era la promesa que le hizo para aquel día que la anciana siempre tuvo presente sus palabras en su cabeza. La noche seguía cerrada y la humedad ya había calado en sus frágiles huesos. Temblorosa y cansada, Manuela luchaba por mantener sus ojos abiertos que sin interrupción todavía seguían clavados en las inundadas y desérticas calles.

Un recuerdo de su niñez atravesó su mente en la fugacidad de un pestañeo. Dos coletas anudadas con grandes lazos de raso blanco, un vestido en color crema y unos zapatos tan relucientes como el mismísimo sol. Con apenas diez años asistió a la boda de un socio de su padre, un señor cuyas manos olían a tabaco de liar y retorcido bigote que causaba más miedo que simpatía en la cara de Manuela que volvió a cerrar los ojos. Regresó a la incomodidad de su banco y la frialdad que antes sentía se tornó en calidez. Observó que había dejado de llover, que las calles lucían secas y sin el más mínimo signo de humedad; todo resplandecía con un fulgor acogedor. Manuela sonrió;ya no tendría que preocuparse por aparentar desaliñada ya que tanto su ropa como su aspecto lucían como cuándo salió de casa.

Aquel mal sueño había acabado, sólo faltaba que el hombre que habría de recogerlas apareciera tal y como ella esperaba. No tardó en comprobar que su más ansiado deseo se convirtió en una realidad cuándo, tras de los árboles del parque, la esbelta silueta de un señor de avanzada edad avanzaba en su dirección. Manuela reconoció a ese hombre como la persona que tanto había estado esperando, no tardó en dibujar en su cara una sonrisa de satisfacción; tantos eran los años que había estado esperando que sentirse feliz era lo único que podía hacer. El caballero llegó hasta su posición mirándola desde la elevada posición que mantenía. Manuela no hizo esperar a aquella sonrisa especial que le estaba dedicando y, con cuidado, se levantó del banco tal y como ella tenía pensado. Manuela susurró avergonzada el nombre de Andrés; éste le respondió recogiendo su cintura entre su brazo y regalandole ese ansiado beso. “Prometí que vendría por ti” y ella asintió con una tímida sonrisa. En sus ojos vidriosos se reflejaban cientos de momentos que jamás pudo ni quiso olvidar y en ninguno de ellos Andrés estaba ausente.

Manuela y Andrés cumplieron su promesa. Ambos asistieron a su cita después de tantos años de ausencia. Manuela por fin podría descansar en paz.

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